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FIGLIOZZI, cuando la marraqueta tenia apellido

31 Ago

Artículo extraído del libro: Polenta, familias italianas en Bolivia, Mauricio Belmonte Pijuàn, Segunda Edición editorial Gente Común, 2011.

Cuando el tiempo y el olvido consolidan intenciones no existe fuerza humana capaz de revertir los efectos y secuelas que ambos van sembrando en la memoria del hombre. Esta facultad psíquica es tan frágil e indefensa que termina, casi siempre, cediendo ante las permanentes embestidas de los confabulados. Y si todavía se persiste en afirmar lo contrario, basta con poner un ejemplo sencillo. Por decirlo así, de los actuales viandantes que circulan presurosos por las vías de la urbe paceña, pocos sabrán responder por el sitio exacto dónde se encontraba la desaparecida calle Recreo, lugar elegido hace muchos años atrás por cinco hermanos para organizar uno de los negocios más rentables y concurridos de la época que permitió, a su vez, popularizar el alimento con el que hoy se da religiosamente la bienvenida a cada jornada.
Difícil determinarlo con precisión, más aún si se toma en cuenta los años transcurridos desde aquellos días. La calle mudó de nombre y forma para convertirse en un tramo más de una céntrica y conglomerada avenida; el negocio fue trasladado hasta la zona de San Pedro y de él poco queda, salvo la firma imborrable que lo representó en sus años de esplendor, todo lo demás a desaparecido como si la mismísima tierra se lo hubiese tragado. No, definitivamente nada queda de aquello que fue grande y reconocido por un pueblo entero. Ya nadie pregunta con la exigencia de años anteriores por la exquisitez y consistencia de los afamados panes crocantes que se despachaban desde el horno eléctrico en las primeras horas del día; los vinos, licores, aceites y demás conservas de primera calidad que el negocio de los cinco hermanos importaba, dejaron de circular de la noche a la mañana extinguiéndose irremediablemente, ni que decir sobre los fiambres y pescados frescos que la empresa familiar introducía desde los puertos chilenos para sosegar las apetencias exigentes de muchas familias acomodadas. En esos tiempos –corría el año de 1916- los cinco hermanos italianos; José, Juan, Héctor, Luís y Pía, aglutinando esfuerzo, voluntad y la suma de 100.000 bolivianos de la época, administraban confiados las Provisiones y Abarrotes de Figliozzi & Hnos99.
La empresa Figliozzi fue acogida con el beneplácito de la población. Además de emplear y prestarles colaboración plena a cientos de obreros indígenas, Luís Figliozzi y sus hermanos lograron insertar, en aquella sociedad discreta pero de insinuaciones pretensiosas, su amabilidad e ingenio. Allí extendieron su entorno social y pudieron cultivar con soltura amistades diversas.
Cambio de capitán, cambio de barco

En el reino de los panes el culto y la subordinación estuvieron desde un principio dirigidos a una única soberana: la marraqueta. Y ésta tuvo un palacio donde reinó a sus anchas, la empresa de los Figliozzi. A esta corte inusual llegaban todos los días pedidos diversos, los clientes, cual cortesanos desesperados por ver a su majestad de cerca, acudían puntuales para adquirir el producto alimenticio que los italianos sobaban con pericia en su cocina. Por años, el pan Figliozzi mereció un sinfín de reconocimientos, y ni siquiera los altibajos, y posterior resquejebramiento de los cimientos de la empresa, dañaron el prestigio que el nombre poseía. Pero los hermanos provenientes de Génova no tenían en sus cálculos las intempestivas tormentas políticas que azotaban a Bolivia. El inicio de la caída vertical estaba a la vuelta de la esquina y no había manera de detenerlo. Las series de reformas y contrarreformas que proponían los gobiernos de turno terminaron por minar la economía de cientos de trabajadores nacionales y extranjeros. Los Figliozzi perdieron tierras dedicadas a la producción agrícola en el oriente boliviano, y el colapso de la fábrica fue el punto decisivo para cambiar de planes y dejar Bolivia. Luís entregó los destinos de la empresa al industrial boliviano Jorge Sáenz García y con ello se cerró un ciclo de vida institucional dentro de la reconocida panificadora nacional.
Antes de partir a la Argentina, en Mar del Plata, los italianos tenían un molino, Luís Figliozzi contrajo matrimonio con una dama agraciada de origen italiano, Lucia Linale. Pero las zarpas desgarradoras de la mala fortuna tenían atrapado a José y al menor descuido le arrebataron de las manos a su joven esposa. Lucia muere al dar a luz a su único hijo, Domingo, dejando abatido a Figliozzi.
Domingo fue llevado a Italia rumbo al hogar de su abuela paterna mientras su progenitor se instalaba en la Argentina tratando de aplacar el inmenso dolor que le producía la irreparable pérdida de Lucía. Ahora, después de muchos años y nuevamente residiendo en Bolivia, Domingo Figliozzi sonríe melancólico cada vez que se le consulta por la suerte que corrió el negocio de los suyos. Él desconoce muchos aspectos importantes concernientes a la historia de la empresa y lo poco que su mente retiene empieza a diluirse progresivamente de su memoria. Aún así, él sabe que la marraqueta tuvo alguna vez apellido italiano.

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