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Identifican prácticas ancestrales para enfrentar los embates del cambio climático

13 May

 

Un estudio de Agua Sustentable sistematiza, entre otros detalles, prácticas para adaptación y resistencia a este problema, las cuales van desde promontorios de piedra hasta terrazas precolombinas.

Identifican prácticas ancestrales para enfrentar los embates del cambio climático

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Pablo Peralta M.  / La Paz
Desde campos elevados hasta reservorios de agua, desde promontorios de piedra hasta terrazas precolombinas. ¿De qué estamos hablando? De prácticas ancestrales que fueron identificadas y que pueden contribuir a hacer frente a los embates del cambio climático.
La sistematización de estos conocimientos fue realizada por Agua Sustentable en el estudio “Vulnerabilidad y resiliencia en el altiplano boliviano”. Esta investigación, según los impulsores, es un instrumento de información y planificación a escala local municipal.
“En la actualidad, gran parte de los conocimientos tradicionales y/o ancestrales que permitieron la convivencia y armonía en los Andes entre las poblaciones y la Madre Tierra, ya no son empleados con la misma intensidad, estos saberes han sido relegados hasta el límite de desaparecer en algunos lugares, aunque en otros tienen todavía una vigencia significativa”, establece el trabajo.
En este estudio se identifican técnicas ancestrales en dos ámbitos: para el manejo del agua y del suelo. Entre los conocimientos que se mencionan en torno a lo primero están: las  q’otañas  (reservorios para almacenamiento de agua), las q’ochas (atajados), sistemas hidráulicos (redes de control y administración de agua de lluvia) y los campos hundidos (formación natural o construida bajo el nivel del suelo).
Entre las prácticas para el manejo del suelo están:  los suka kollu (camellones que mejoran el drenaje y logran modificaciones microambientales),  las tarasukas (variantes de suka kollu con camellones angostos, rodeados de canales de agua, construidos en áreas inundables) y las terrazas precolombinas (muro de contención de piedra, tierra o vegetación y una plataforma de cultivo, que forman microclimas especiales).
El director de Agua Sustentable, Carlos Carafa, afirma que “son prácticas que hay que rescatarlas de muchos sitios y en otros hay que valorizarlas porque las hacen”; además comenta que pueden tener un alcance mayor si el impulso y desarrollo de estas técnicas se convierten en una política estatal.  “Sería inteligente incentivar que se haga esto”, expresa.
Una ley y el rescate
La Ley Marco de la Madre Tierra, puesta en vigencia en octubre de 2012, instruye que se promueva “la recuperación y aplicación de prácticas, tecnologías, saberes y conocimientos ancestrales” de los pueblos originarios “para el desarrollo de medidas de respuesta efectivas a los impactos del cambio climático”.
En el libro Las ciencias ancestrales  como mecanismo de adaptación al cambio climático, elaborado por la Autoridad Plurinacional de la Madre Tierra, se establece que “los habitantes del altiplano boliviano, desde sus ancestros, han desarrollado potencialidades y habilidades para responder a eventos climáticos adversos y la propia naturaleza del contexto geográfico”.
Sobre el rescate y la sistematización de estas prácticas, el antropólogo Édgar Arandia afirma que es una “buena nueva” saber que se está trabajando en este tipo de iniciativas.
“Es una muy buena noticia que por fin se estén dando cuenta de que esta civilización que ha vivido miles de años, en un territorio inclusive tan inhóspito, haya sido capaz de conservar estos sistemas, su estructura social, sus sistemas económicos… preservándolos de la destrucción”.
El profesional espera que desde el Estado se incida en un “serio rescate” de estas “formas de vida, que tienen estrecha relación con los ciclos de la naturaleza”.
“Estas prácticas nos hacen referencia a una sabiduría profunda que la cultura occidental, en su afán por acumular, no ha percibido esta relación íntima que tiene el ser humano con la naturaleza”, agrega.
La resiliencia
“Cuando se habla de resiliencias -explica Carafa- se hace referencia a las capacidades de ‘amortiguamiento’ de cierta resistencia y capacidad de un sistema  o una organización para enfrentar  problemas como los del cambio climático”.
El especialista sostiene que “sólo hacer referencias a las vulnerabilidades y debilidades no permite construir alternativas y propuestas”, y que por esta razón en el estudio además de aquellos elementos “hay un relevamiento de las resiliencias que parten de los propios recursos que tiene la gente desde su cultura y muchos conocimientos, practicas ancestrales que pueden rescatarse y potencializarse”.
En este trabajo (Vulnerabilidades y resiliencia en el altiplano boliviano) se hace referencia a que las culturas andinas arrastran una historia muy rica en el manejo de recursos hídricos y de una cultura del agua que “tienen muchos siglos de existencia”, lo cual está evidenciado por las ruinas arqueológicas de terrazas, camellones y acueductos.
Carafa considera que además del rescate de estas prácticas se debe innovar.
En ese marco, plantea que el mejoramiento tecnológico de estas técnicas debe ser una política para sumar a los conocimientos ancestrales los avances de la tecnología.

Desde la thola hasta la q’ota, al rescate de los bioindicadores

“Si el amañoque se pudre, existirá lluvia; si no se pudré, no habrá lluvias. Si existe alta cantidad de amañoque, habrá buena producción de papa. Si los amañoques son grandes, también la papa será grande”.
En el caso de la q’ota, entre octubre y enero, “si la flor se marchita, habrá riesgo de heladas…  La floración abundante y tupida indica que habrá buena producción de papa”.
Ambas son descripciones de bioindicadores que están sistematizados en el libro Las ciencias ancestrales como mecanismo de adaptación al cambio climático. Una definición que se da sobre estos fotoindicadores en el texto es que “se refieren a los diferentes tipos de especies vegetales que son utilizadas frecuentemente para realizar pronósticos para un ciclo agrícola”.
En ese documento se realizó la sistematización de al menos 24 bioindicadores. Entre estos están: la phuskalla, la q’ota, el amañoque, la thola, la qhala qhawa, la koa, la ulala, la ch’illiwa, el cactus, la totora el laq’u y  janki.
Un boletín de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), titulado Buenas prácticas: bioindicadores, establece que “la información proporcionada a través de una lectura adecuada de los bioindicadores continúa siendo en varios lugares del altiplano una herramienta de planificación”.
Se agrega que “el conocimiento del pronóstico ayuda a tomar decisiones a los agricultores en el marco de la prevención, al conocer el comportamiento de la tendencia de las lluvias y de la probabilidad de ocurrencia de heladas y así elegir los lugares adecuados de siembra (pampas o laderas), la orientación de los surcos, las variedades por utilizar en la gestión agrícola, así como la época de siembra (temprana, intermedia o tardía)”.
Vulnerabilidad y resiliencia en municipios del altiplano boliviano
“Cada año, las pérdidas económicas en la cuenca, por efectos del cambio climático, asciende a 450 millones de bolivianos en promedio”, dice el estudio Vulnerabilidad y resiliencia en el altiplano boliviano.
Agua Sustentable acaba de publicar ese atlas-plan que, entre otros detalles, traza un mapa de vulnerabilidades y resiliencia de los municipios que conforman la cuenca Mauri-Desaguadero-Poopó, la que a su vez forma parte del sistema TDPS (Titicaca, Desaguadero, Poopó y Salares).
“Es un instrumento de información y planificación a nivel local-municipal en el marco del manejo de una cuenca hidrográfica muy compleja  y amplia. El primer paso para que los distintos municipios, 18 de Oruro y 18 de La Paz que están en esta cuenca, y centenares de comunidades, puedan ir conociendo más y mejor el sistema de que son parte”, explica Carlos Carafa, director de Agua Sustentable.
A través de tres indicadores -exposición, sensibilidad y capacidad de adaptación-, el atlas-plan elabora un mapa de vulnerabilidad al cambio climático de 36 municipios del sistema Mauri-Desaguadero-Poopó.
Uno de los hallazgos que se detectan en torno a la debilidad al cambio climático es que los municipios con más alto grado de vulnerabilidad  son los de Calacoto, Sica Sica, Caquiaviri, esto debido a que tienen alto grado de exposición, presentan un alto grado de sensibilidad al cambio climático y una baja capacidad de adaptación.
Los municipios con un muy bajo grado de vulnerabilidad son los de Ayo Ayo, Patacamaya, Eucaliptus, Soracachi, Machacamarca, Villa Poopó, Pazña y Corque.
El texto no se queda en las vulnerabilidades, sino que también hace hincapié en torno a la resiliencia y, además, se propone un plan en esta materia. “Sólo hacer referencia a las vulnerabilidades y debilidades no permite construir alternativas y propuestas. Por esta razón hay un relevamiento de las resiliencias que parten de los propios recursos que tiene la gente desde su cultura y muchos conocimientos y prácticas ancestrales que pueden rescatarse y potencializarse”, dice Carafa.
En ese trabajo se plantean lineamientos estratégicos en el mecanismo de adaptación: presenta un “plan estratégico de resiliencia climática para vivir bien”.
Las etapas del proceso de construcción del plan son: la preparación y organización del proceso, la etapa del diagnóstico y estado de situación; la elaboración de la propuesta de adaptación y resiliencia; los programas de inversiones y seguimiento.
“El corazón conceptual del atlas lo constituye el enfoque de vulnerabilidad y resiliencia, explicitado con información científica a bastante detalle y la recuperación de los conocimientos y tecnologías tradicionales de manejo ritual del clima, y el aporte de las mujeres en la gestión del cambio social”, dice  el investigador Javier Medina.

http://www.paginasiete.bo/gente/2016/5/16/identifican-practicas-ancestrales-para-enfrentar-embates-cambio-climatico-96597.html#comentarios

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