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Creencias religiosas y rituales Aymaras

15 May

 

 

 

Para la consumación de sus creencias religiosas y el cumplimiento de sus rituales tan arraigados, como ya es de conocimiento general, los aymaras tributaban culto a sus divinidades, interpretando el sistema egocéntrico que considera que la tierra era el centro del universo y que el Sol giraba alrededor de ella; daban mayor valía al astro rey por recibir de él tantos beneficios como la luz, el calor y por posibilitar la vida de todos los seres. Entonces ya tenían idea de la división del año en doce meses y cuatro estaciones, dos principales que son: “Jallupacha” (época de lluvias), y “Autipacha”, (tiempo seco o despejado), y dos intermedios: “Satapacha” (mes de la siembra), “Llamayupacha” (mes de la cosecha).

Este es el calendario aymara completo:

Mes              Denominación             Significado
1er. Mes_____Willka___________Mes del Sol

2do. Mes_____Q’uchu___________Mes de sacrificios

3er. Mes______Sata_____________Mes de siembra

4to. Mes______Khunu___________Mes del dios Nieve

5to. Mes______Antaru Alpaca____Recordación de la sequía

6to. Mes______Qhapaxa Paukara__Fecundidad de la tierra

7mo. Mes_____Willka Kuti_______Cambio de dirección del sol

8vo. Mes______Jallu Warta_______Mes de lluvias torrenciales

9no. Mes______Anata____________Mes de los juegos

10mo. Mes____T’arwa Yavi_______Parvas y esquila

11er. Mes_____Llamayu___________Mes de la cosecha

12do. Mes_____Armuray Qhasiwi___Mes de la música o regocijo

Además las fiestas principales se celebran teniendo en cuenta los solsticios y equinoccios, las fases de la luna como: “Jairi” (Luna nueva), y “Urt’a” (Luna llena), días propicios para realizar sus ceremoniales acostumbrados, sobre todo de los “Wayt’iris” o “Laicas” (brujos), que parecen dominar la magia negra y hablar con los espíritus malignos. Al parecer, durante la época precolonial, los aymaras celebraban tres fiestas anuales: “Maraqallta”, el comienzo del año que era el 21 de junio, “Chikamara”, medio año, y “Maratukuya”, fin de año; todo en conmemoración al Tata Inti, la Phaxsi mama y la Pachamama.

Entre los monumentos y las ruinas arquitectónicas más importantes que hasta hoy se conservan en Tiawanacu y que tenían estrecha relación con las creencias y la religión se tienen:

La Fortaleza de Akapana -. Colina artificial construida en forma de pirámide, de 15 m de alto, 180 m de base y 140 m de ancho, que probablemente servía para rendir culto a las divinidades.

El Palacio de Calasasaya -. Recinto cuadrado con graderías, en forma de teatro, con unas ranuras en sus paredes, que posiblemente representen algún mensaje. Se dice que a la vez fue palacio de justicia; según algunos cronistas es el lugar donde ejecutaban sacrificios humanos; esto hace suponer que Tiawanacu fue un centro político y religioso de importancia.

La Puerta del Sol -. Monumento de piedra tallada de una sola pieza, que tenía por finalidad marcar el calendario aymara, lo que hace suponer que tenían grandes conocimientos de astronomía. En el friso tiene figuras que parecen guerreros o sacerdotes que rinden culto al Sol.

El Templete semisubterráneo -. Patio ligeramente rectangular de 28 x 26 m, restaurado recientemente. No se conoce su destinación.

Los Monolitos antropomorfos -. Piedras talladas finamente de una sola pieza, que tienen apariencia de hombres sentados. Los más importantes son el Bennett de 7.44 m de altura por 4.66 m de ancho y otra de 12 x 2.5 m, cuyo peso se calcula en 200 toneladas. Se desconoce su mensaje.

Con todo lo descrito, Tiawanacu fue la capital metrópoli aymara por excelencia. Por esas monumentales construcciones ha sido denominada “Tuncapuncu” (diez puertas). Por otra parte se concluye que el verdadero nombre de la metrópoli es “Chucahua” que quiere decir fortaleza; otros lallamaron “Taypikala” (piedra central). Incluso hay quienes sostienen que Tiawanacu deriva de dos vocablos aymaras: “titi – huahuanaca”, que quiere decir hijos del jaguar, y “thia – hunacu” que quiere decir “siéntate huanacu”, frase con la que cierto inca habría invitado a sentarse a un veloz Chasqui (mensajero).

Los aymaras distinguían muy bien el cuerpo y el alma, la vida presente y la otra, por lo tanto sus creencias estaban asociadas con el día de la conmemoración de los difuntos (Todos Santos). El “ajayu” (alma o espíritu)… hasta el presente es considerado segundo dios, con grandes influencias en todos los quehaceres de la vida actual. Por estas mismas razones suponemos que en los antiguos reinos Kollas construían torres funerarias llamadas “Chullpas”, para enterrar piadosamente allí a los difuntos, junto a sus pertenencias personales como objetos de cerámica, topos, prendedores y herramientas de cobre junto a sus despojos, pero después de constituidas las naciones y los pueblos en todo el ámbito cordillerano bajo la influencia colonial, hoy enterramos a nuestros difuntos en los camposantos y cementerios expresamente construidos para el efecto.

Existen vestigios de chullpares en varios lugares del altiplano de Bolivia, que posiblemente datan desde los primeros siglos de la era cristiana; aunque lo más probable es que hayan sido culturas mucho más primigenias, que por devoción a sus difuntos, acostumbraban depositarlos en casas tumba como las que vemos en el sector antiguo de Karankas, que son construidas de barro y paja amasada, allí no encontraremos de adobe, lo que hace suponer que en ese tiempo no conocían el arte de la fabricación de adobes; en los lugares pedregosos los hay también de piedra.

Fuente: Síntesis histórica de la Cultura Aymara, Félix Mamani Muñoz, Cuaderno de investigación Nº 12, Centro de Ecología y Pueblos Andinos CEPA, Oruro Bolivia, 2001.

Mitología y Cosmovisión

Ahora ingresaremos al complejo mundo de la mitología andina y su cosmovisión, producto de la vivencia milenaria de u pasado remoto, del que se conserva su pensamiento mítico hasta hoy en las comunidades nativas aymaras y quechuas. Nos vamos a referir a las actuales poblaciones del occidente de Oruro (región de Jach’a Karankas), sin olvidar que cada grupo humano o cultura posee un modelo explicativo del mundo en el que vive, tanto en los aspectos sociales, como en los económicos y cosmológicos. Para el pueblo andino, el universo es percibido en tres espacios o niveles llamados pacha:

Alaxpacha -. Es el mundo de arriba, del más allá o el cielo.

Akapacha -. Es el mudo real y visible en el que vivimos.

Manqhapacha -. Es el mundo de abajo o el subsuelo.

Cada uno de estos mundos está habitado por seres vivientes organizados por jerarquías, como una forma de ordenación de los valores conferidos al superior y a sus subordinados, con influencia directa sobre los hombres como veremos a continuación.

Alaxpacha -. Es el primer plano, allí viven los hombres buenos convertidos en espíritus, junto a los santos y ángeles cuya providencia es Dios. Consideran también que allí moran los dioses tutelares de los aymaras, el Sol, la Luna y las estrellas.

En el pensamiento cósmico del aborigen existe una relación recíproca entre el hombre real de la tierra con las estrellas, es decir que cada hombre o mujer de la tierra tiene su estrella en el firmamento, por eso cuando muere una persona también desaparece su estrella en el espacio. El Sol es considerado como el astro benefactor de la vida y de todo cuanto existe en la tierra (los seres humanos, las plantas y los animales), y la Luna como la diosa protectora de las mujeres.

Akapacha -. Es el mundo en el que habitamos todos los seres humanos sin distinción alguna, con ciertos deberes telúricos, sociales y morales, sujetos a la prodigiosa acción e interacción con la Pachamama reconocida como la diosa de la fecundidad. Es el mundo en el que los seres humanos debemos vivir en armonía entre sí y con las autoridades naturales y en relación próxima con los seres del más allá.

El poblador aymara, por el hecho de vivir arraigado a la tierra, contrae una serie de obligaciones rituales con la Pachamama, que le cobija con su manto dándole los medios para su subsistencia, conforme a un dicho popular: “Vive en armonía con la naturaleza y recibirás sus dones en forma generosa y abundante”; en efecto, los rituales que el habitante andino realizaba y realiza aún, tiene relación con la naturaleza mistificada, cuyas ceremonias más importantes son:

– La Wilancha: Sacrificio con animales.

– La K’illpha: Marcado de orejas del ganado.

– Ajayu Uru: Día de los difuntos o Todo Santos.

– Marka Q’ullu Uru: Día de la Pachamama.

La Wilancha -. Ha sido y sigue siendo la practica religiosa oficial de los aymaras. Al realizar un proyecto o una obra significativa como la construcción de una casa, una obra comunal, un templo, un local escolar o al realizar un viaje largo, como requisito tenían que realizar una wilancha o wilara de una llama como presagio de buen augurio, precedida de una ch’alla y acullico, además de otros ritos complementarios según sea el caso. Todas las ceremonias rituales se cumplen con la “ch’alla” en su inicio.

Todas las personas y/o comunarios, si así fuera su intención, podían realizar la “wilancha”; sin embargo, para cumplir con este acontecimiento existen en el ayllu personas carismáticas que tienen el don especial de contactarse con los espíritus y dioses tutelares del aymara, para suplicar y pedir a los “uywiris” (Padre o Madre protectores), a la Pachamama, a los achachilas, y demás fenómenos naturales, todo cuanto necesitan, de manera que en la aspersión de la sangre y la entrega de la “muntara” o “puntara”, el sacerdote, “yatiri” o “ phoqheri”, entra en comunión misteriosa y relación directa con la naturaleza comprendida entre la tierra y el macrocosmos.

El proceso de la wilancha se inicia con el sacrificio de una llama, en el que, mientras uno degolla al animal expiatorio, el sacerdote recibe la primera sangre en una vasija grande, y con dos vasos o platillos de barro ceremoniales arreglados con anticipación, conteniendo un poco de coca, copal, azúcar, chocolate, inicia el rito de la aspersión del suelo y de las paredes, pidiendo en tono suplicante a los dioses de acuerdo al objetivo de la wilancha, y concluye con la entrega y quema de un plato preparado de “muntara” o “puntara” a los Mallkus y dioses tutelares. La wilancha es presidida por un “yatiri” o “phoqheri” que tiene amplia experiencia en esta ceremonia. El acto concluye con un abrazo de paz entre los asistentes, como un símbolo de hermandad.

La K’illpha -. En el campo, los rebaños de llamas, alpacas y corderos se confunden, lo que hace muy difícil reconocerlos, esta es la razón por la que desde nuestros ancestros se acostumbra marcar las orejas de los ganados, acto que con devenir del tiempo se convirtió en un rito sagrado. Con este motivo se realiza una o dos marcas en el pabellón de la oreja del animal, delante o detrás, simple, doble o triple, de manera que cada familia tiene una señal propia, por la que reconoce a sus animales. El ritual preparado para el efecto, consiste en que previamente se alistan hilos y madejas de vistosos colores y se realizan aretes o zarcillos para las hembras, borlitos de lana de color para los machos, llamados sombreros. Ambos llevarán adornos de lana de color (llamados “chimpu”) amarrados en el cuello, en el lomo y en los brazos, esta ceremonia se cumple con intervalos de dos a tres años y de preferencia en el tiempo anterior a carnavales. La secuencia de actividades en el ritual de la k’illpha es como sigue:

Ø Por la mañana se introduce al ganado al aprisco o corral.

Ø Los dueños cargados de “chhaqheqepi” (bultos de aguayo) ingresan y dan una vuelta de saludo al ganado a los acordes del canto de la llama, charlando con ellas de lo que van a hacer, entre tanto el maestro guitarillero interpreta la melodía, luego amarran a dos o más llamitas maltonas llamadas “jilaqallu” (primeras crías).

Ø Empieza la ch’alla con coca y alcohol. Se improvisa una mesita tendiendo un aguayo, donde se coloca la “inkuña” con coca como acto preliminar de la k’illpha.

Ø Akullican y liban en honor a sus dioses y divinidades, a sus difuntos padres y abuelos, hasta llegar a los sitios donde pastan los ganados llamados “markaqullu”, mientras el maestro kitarrillero sigue amenizando con su música.

Ø Ch’allan y liban para “jach’a Pusisuyu, jisk’a Pusisuyu” (Mallkus mayores y menores) que están representados por los cerros mayores como el Illimani, Illampu, Sorata, Sajama, Tata Sabaya y otros. De igual manera por los cerros menores y locales. Luego empieza la marcada, el esposo o dueño del ganado se llama “lari” porque será el que realice las marcas, la esposa se llama “epa”, los ayudantes encargados de sujetar a los animales se llaman “tolqas”. Cada trocito de oreja lo depositan sagradamente en la wistala de la mujer. Después de concluir con la última llama, cada invitado o vecino o acompañante tiene la obligación de “ch’allar” con su “samxata” (buen augurio), que no es otra cosa que decir buenos augurios, para que la Pachamama y los Markaqullus les den abundante ganado.

Ø Concluida como fuere la ceremonia de la k’illpha, sacan del corral al ganado, donde propios y extraños les echan coca con azúcar y mixtura deseando para bienes, después de un abrazo de paz (Parwina) los dueños con sus acompañantes se trasladan a la casa, bailando con emoción a los acordes de la kitarrilla, con el canto “sevaremigusto” que parece significar “será mi gusto”. En la casa se sirven la cena y el asado después de un acto de agradecimiento a las divinidades, luego de un breve descanso concluye la fiesta con una verbena, donde se baila el “romero – romero”, que no es más que una alegoría del manejo de los animales domésticos, así termina este ritual.

Se remarca el carácter formal y sagrado que se da a este gran ritual de la k’illpha, donde dueños y acompañantes solemnizan el acto con absoluto respeto y consideración a sus animales, como si se tratara de su verdadero cumpleaños, porque posibilitan su subsistencia.

Ajayu – uru -. Es el día de los difuntos, en la actualidad se celebra el 1 y el 2 de noviembre de cada año, con un festín de comidas y bebidas en conmemoración a los difuntos. El primer día, después de servirse los platos tradicionales, los invitados y comensales presentes, por indicación de los dolientes, rezan para los muertos de hasta dos a tres generaciones pasadas. Estas costumbres han echado raíces profundas desde tiempos inmemoriales, porque se creía en la inmortalidad del alma, que después de la muerte podía sobrevivir el espíritu y tener influencia sobre sus descendientes, porque estaba dotado de poderes espirituales como Pachacámac. Por estas razones esperaban a sus difuntos desde los primeros días de octubre, colocando en cada casa una mesa con toda clase de comidas en platos, frutas y masitas pintadas con airampu llamadas “t’ant’a wawas” como símbolo de abundancia, que debían bendecir los difuntos al descender. Esta es una herencia tradicional que aún perdura hasta nuestros días, incluso está establecido de manera general que si los dolientes no recuerdan a sus difuntos, estos podrían castigar desde el cielo a su descendencia. Mas tarde se acostumbró retribuir a los difuntos con la Santa Eucaristía celebrada por los sacerdotes en el mundo católico.

Según ilumina la tradición, antes del advenimiento del calendario gragoriano, las tribus aymaras del gran Tiawanacu también sabían tributar culto a los difuntos, personificados en los animales, cerros y astros del universo, totemnizados como sus antepasados inmediatos, celebrando solemnemente los rituales de costumbre dirigidos por los yatiris o adivinos que pedían con clamor para los dolientes.

Markaqollu uru -. Es el día de la Pachamama, que habitualmente se celebra el 30 de noviembre de cada año, en otros pueblos se celebra en la fiesta de Pentecostés, es el día consagrado a la madre tierra que durante siglos y siglos proporciona el sustento diario tanto al ser humano como a los animales. Y como retribución se le ofrece la wilancha de una llama, acompañada de una profusa ch’alla, rindiendo culto a la naturaleza con acompañamiento de su música vernacular, kitarrillada, o tarqueada, ocasión en la que los “phoqueris” o yatiris, en profundo y misterioso éxtasis hablan, charlan, piden a la Pachamama y a los “uywiris” todo lo necesario, y le entregan en zarza ardiente la “qowa” y la “muntara” como símbolo de agradecimiento, suplicando a la vez por más abundancia en ganados, bienes y producción agrícola. En est6os rituales, la Pachamama estaba representada objetivamente por el “markaqollu” que al estilo del ekeko de La Paz, preparan de un palo más o menos de un metro de longitud, ataviado con banderas blancas, plantas y flores naturales, sus wistallas y tragos, todo en miniatura, mixtura y serpentina, feto seco de animales, etc. Este díua debía recordarse en ocasión de los movimientos de los astros, como en luna nueva o “jairi”, en luna llena o “urt’a”, humeando abundante copal y otros materiales para estar en contacto íntimo con la naturaleza.

Manqhapacha -. Es el mundo plano, donde se supone vivían los espíritus malos, los demonios llamados “Supaya” o “ Ñanqha”, las almas de los hombres y mujeres que en vida cometieron desmanes inducidos por el diablo, se suponía también que de la oscuridad de sus abismos saldrían ciertos monstruos destinados a castigar o a comerse a los malos.

Como se ha visto, en el mundo aymara se usan categorías simbólicas y míticas para expresar sus observaciones y pensamientos acerca de la realidad que le circunda. Para el hombre andino, todas las cosas materiales y los seres visibles del macrocosmos, tienen una relación recíproca y una armonía espacial, entonces, es a partir de esa cosmovisión que se han desarrollado sus códigos de vida y sus normas de conducta, en estricta relación con la naturaleza, con sus semejantes y con sus dioses convencionales. Las infracciones constituyen daños contra la naturaleza, contra sus congéneres y contra las divinidades.

 

Fuente: Síntesis histórica de la Cultura Aymara, Félix Mamani Muñoz, Cuaderno de investigación Nº 12, Centro de Ecología y Pueblos Andinos CEPA, Oruro Bolivia, 2001.

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