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Crónica de un lugar llamado “Singani”

1 Jun


EL CAMINO CASI NO EXISTÍA.
 GALERÍA(7)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Clovis Díaz de Oropeza F. (EL DIARIO, especial).- En el muro blanco y mayor de la iglesia de Camargo, dibujado a mano alzada por algún clérigo de antaño, posiblemente entre la etapa colonial y republicana, existe lo que podríamos llamar un mapa de la región.

En aquel dibujo lineal, con trazo de pintura a la caseína, color negro, el anónimo autor detalló los nombres de numerosa vecindad, de pueblos y de comunidades que rodeaban al centro urbano de Camargo.

El diestro trazado, sólo tenía estampados nombres sin ninguna otra referencia de ubicación que, por lo menos, diera pautas para saber si el mencionado lugar estaba cerca o lejos de Camargo. Uno de los supuestos pueblos tenía el nombre de “Singani”.

Singani, durante la Colonia y con seguridad, en el proceso de la Guerra de Independencia y también en las primeras décadas republicanas fue importante. De lo contrario, no figuraría en el mapa de la iglesia principal de Camargo.

Pues bien, por obra y gracia de la lucha por el mercado de vinos y aguardientes que dieron fama a la producción artesanal e industrial de Camargo, Sud Cinti, departamento de Chuquisaca, el punto geográfico “Singani” fue traído al presente como testigo real y hasta tricentenario, de que el calificativo Singani estaba ligado a la casa de San Pedro y que, en consecuencia, existía una simbiosis histórica.

El fondo de lo que fue la “guerra del Singani” y que movilizó a los vinicultores y productores de vino y de aguardiente del departamento de Tarija fue el nominativo “Singani” pero, además, el ingreso de vino y de aguardiente por las llamadas fronteras libres, por contrabando.

Para los grupos de propietarios de viñedos tarijeños y sus subproductos, la palabra “singani” posiblemente no tenía dueño y podía muy bien ser utilizado en la etiquetas de las botellas.

En consecuencia, el nominativo “singani” se convirtió en el objetivo principal de aquella batalla de mercados y surgió incluso, el intento de registrarlo como una marca tarijeña, en un instituto francés de competencia mundial, factor que como es lógico atacaba directamente a la producción del legítimo singani camargueño.

El nominativo “singani” se transformó, por así decirlo, de la noche a la mañana, en una barricada de sobrevivencia y empezó una lucha muy dura por el control de este nominativo entre Camargo y los productores tarijeños.

En aquellas circunstancias el empresario y amigo Carlos Calvo decidió defender el ya famoso nominativo y demostrar fehacientemente, que Singani es patrimonio de Camargo y debido a su ubicación geográfica, testimoniada en el mapa de la iglesia camargueña, pertenecía al linaje colonial-republicano y con absoluta certeza, a la industria de Camargo.

Eso había que probarlo en los hechos.

UN LARGO VIAJE

Como periodista de investigación fui convocado para averiguar en qué área geográfica de Chuquisaca estaba presuntamente, ubicado el pueblo o región de Singani. Junto al gerente de una empresa, Miguel Cortéz, y del conductor Gunnar Bellido empezamos nuestro incierto periplo primero por las ciudades de Sucre y Potosí, entrevistando a historiadores, empresarios y gente que de una y otra manera estaba relacionada con el tema.

Las pesquisas, incluso en archivos de iglesias y de bibliotecas de ambas ciudades no decían mucho sobre Singani, casi nada, a excepción de que podría haber sido un paso de tránsito para las recuas que transitaban de Camargo hacia Potosí y viceversa.

Los mapas antiguos y modernos ignoraban por completo la existencia de Singani y la referencia obligada continuaba siendo el muro de la Iglesia de Camargo.

Retornamos a la serranía limítrofe entre Potosí y Chuquisaca, por el camino de Otavi a San Lucas, cuya iglesia fue concluida en el año 1788, saqueada por ladrones de obras de arte colonial en marzo de 1989. El pesado aldabón de la iglesia estaba fechado en 1786, mientras que la torre de San Lucas, del Siglo XVIII, fue casi derribada por los buscadores de tesoros.

EL CUARTO PASAJERO

Como había comentado líneas arriba, viajábamos tres personas en una vagoneta Toyota, en la que dormimos varias noches sin cenar otra cosa que pan y agua. No había tiendas ni seres humanos a quienes recurrir. Sólo estaba presente la terrible soledad del paisaje y el frío que no perdonaba.

Tal vez, los accidentes geográficos del camino o el no dormir bien, concentrados en la búsqueda del misterioso Singani, hicieron curiosos efectos en nuestra mente.

Así por ejemplo, a plena luz del día, personalmente, mis cinco sentidos me avisaban que, desde la salida de San Lucas, viajaba junto a nosotros un cuarto pasajero.

Cuando miraba desde el asiento trasero hacia la cabina sentía una persona borrosa, muy bien sentada a mi izquierda, con sombrero, chalina y grueso abrigo que también tenía fija la mirada en la cabina y el camino que recorría el vehículo.

No comenté sobre este fenómeno visual, a los otros dos compañeros de viaje porque, pensé, tal vez son creyentes y la búsqueda quizás, se convertiría en martirio.

Así que no dije esta boca es mía y, terminé acostumbrado, a percibir al cuarto pasajero que, sin despedirse, desapareció cuando ingresamos al lecho del río Caichoca.

MILLONES DE ÁRBOLES

Continuamos el ascenso por la cordillera, poco a poco, los cerros se mostraban totalmente áridos, apenas unos arbustos. El camino que seguíamos era en realidad una senda abandonada.

Precipios de hasta 600 metros, caracterizaban aquel camino de curvas y contracurvas; grandes pedrones obstaculizaban nuestro recorrido. Los campesinos habían cerrado la vía para convertirla en potrero. Tuvimos que abrirnos paso y seguimos.

Poco después, millones de árboles de kewña cambiaron el panorama y en el suelo, afloraban restos fósiles de varias especies que, seguramente, poblaron aquellos parajes. Descendimos el terrible camino durante dos horas, hasta llegar a un río.

EL RÍO CAICHOCA

Un camionero al que preguntamos por Singani, que transportaba leña, estacionado en una de las márgenes del río Caichoca, al vernos empeñados en cruzar las turbulentas aguas, nos aconsejó: “Es inútil seguir por esta vía del río porque está muy crecido. Es mejor que se vayan hacia Turuchipa (Potosí), y desviar en Uruchini y seguir esa ruta para llegar a Singani”.

Por primera vez, teníamos la certeza de que el plano de la Iglesia de Camargo tenía mucho de real. A lo largo del camino, habíamos preguntado a los pobladores de comunidades y pueblos si conocían Singani. Nos respondían: “río abajo, todos hacen singani”.

Agradecimos al camionero, y rumbeamos en dirección norte, bordeando el límite de Chuquisaca con Potosí, dejando atrás dos quebradas del río Caichoca. Pasamos por Keluyo, Antena de Entel y luego torcimos rumbo al este y bajamos en sentido sur, por los puntos geográficos de Mojón, cercano a Uruchini: Pasamos apenas el río Jankokhala, transitamos por Huañoma y de improviso, se abrió a nuestra vista un espléndido valle de árboles de sauce, de higueras y viñedos.

SINGANI

En realidad, dimos una gran vuelta de cientos de kilómetros, hasta retornar al cauce del río Caichoca y la afluencia de río Grande. Preguntamos a unos arrieros dónde quedaba el pueblo de Singani. Riendo, nos contestaron que estaba a unos 500 metros.

Bajamos de la vagoneta y, caminamos “río abajo”, siempre inquiriendo por Singani. Aquí es, nos dijo un joven agricultor, llamado Severino Alcoba quien, junto a su familia, era el encargado del lugar.

Singani, después de tanta búsqueda, para nuestro contento, existía pero no era ningún pueblo, sino una pequeña hacienda no mayor a tres hectáreas. En aquel tiempo, mayo de 1988, encontramos, tras intenso trabajo, Singani, hacienda colonial que todavía, después del Siglo XVIII, fabricaba singani con tecnología colonial, traída junto a retoños de vid, por curas y soldados españoles que tomaron por la fuerza, aquellos recónditos parajes.

En la hacienda Singani se fabricaba aguardiente y vino de uva negra, en una antiquísima “conchana” en la que se procesaba la uva y transformaba rudimentariamente, en bebidas espirituosas de exquisito sabor.

El propietario de Singani, radicado en la ciudad de Potosí, visitaba su pertenencia para la vendimia. Las plantaciones de vid, de durazneros e higueras, precisaban remozamiento so pena de disminuir, año tras año, su producción.

Y así, de retorno a Camargo, con la prueba de que Singani existía en una orilla del río Caichoca, probamos que el singani, bebida espirituosa, nació en aquella hacienda chuquisaqueña, que es patrimonio de San Pedro y que, el plano dibujado por un eventual sacerdote-artista, decía la purísima verdad. Valió la pena aquella investigación, como intenta transmitir la presente crónica.(clovisdiazf@gmail.cm)

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