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El rostro asado, comida del diablo

10 Feb

rost

Víctor Montoya

Escritor

Al día siguiente, desperté con una resaca de mil demonios. Me levanté moviéndome como marinero en tierra, me enfundé en mis ropas y entré en el cuarto del Tío*, quien permanecía sentado en su trono, sonriente y más fresco que una lechuga.

–Después de nuestra tremenda farra de anoche, ¿deseas comer alguito en especial? –le pregunté solícito.

–Como no puedes preparar mi plato favorito, ni k’alaphurka nipataskha –asistió el Tío–, te acepto un ch’arkikan, ese orgullo de la tradicional cocina orureña, basado en carne de llama salada y secada al sol, mote de maíz, papas, rodajas de queso de cabra, huevos cocidos y llajwa. El único secreto está en saberlo preparar con manos hábiles y con mucho amor.

–¿Y cuál es tu plato favorito? –pregunté curioso por conocer la otra dimensión de sus gustitos.

–El rostro asado –contestó–. El rostro asado es también conocido entre los comensales orureños como la comida del diablo.

Cerré la boca y pasé a la cocina. Me puse el delantal y, cuchillo en mano, me dispuse a preparar el ch’arkikan: amortajé la lonja de carne, la corté en finas hebras y la freí en una cacerola con aceite, mientras en una olla cocía la papa y en otra hervía el mote de maíz y los huevos.

–¿Y con qué bebida prefieres acompañar el ch’arkikan? –le grité desde la cocina, ya con las manos en acción.

El Tío carraspeó, se levantó de su trono, ocupó su lugar habitual en la mesa del comedor y contestó:

–No hay matrimonio más perfecto que un ch’arkikany un vaso de cerveza o una tutuma de chicha. Además, después de una tremenda borrachera, la cerveza sirve para matar la sed y nivelar el cuerpo.

Le serví el suculento plato de ch’arkikan, con dos puñados de mote, dos sendas papas, dos humeantes huevos, un trozo de queso tostado, una cascada de crujiente ch’arkiy, para rematar, una ensalada de cebollas y tomates, con una pizca de sal y pimienta, un chorrito de aceite de oliva y otro de vinagre. Al final puse el platillo con llajwaen la mesa y llené las copas con cerveza fría.

–¡Buen provecho! –dije ostentando el mismo orgullo con el que un panadero alaba su pan.

La reacción del Tío no se hizo esperar, comió con la mirada y las manos. Luego se deshizo en elogios y comentó:
–Este plato es una fiesta para el paladar. Te salió sabroso, como para chuparse los dedos y delirar: Cuando como, no hablo con la boca abierta ni conozco.

Me limité a mirarlo cómo se zampaba el ch’arkikan y se vaciaba la cerveza, hasta que me volvió a asaltar la curiosidad por saber algo más sobre el rostro asado, su plato favorito.

–¿Cómo se prepara el rostro asado? –pregunté a punto de atragantarme con el mote.

El Tío paró las orejas, se relamió los dedos y contestó:

–El rostro asado es la cabeza del cordero, cocida con cuero, lana y todo, en el rescoldo de un horno de panificación. Las cocineras suelen lavarla por dentro y colocarle en el hocico un pedazo de sal y hierbas aromáticas. La temperatura del horno y la experiencia de la cocinera hacen el resto. Es una antigua especialidad de la gastronomía orureña, un manjar delicioso, que a muchos asombra no sólo porque es la comida del diablo, sino también porque a más de un comensal se le retuerce el estómago y se le erizan los pelos.

El Tío se metió la última porción de ch’arkikan en la boca y aligeró el último sorbo de la cerveza. Chasqueó la lengua contra los dientes y dijo:

–El rostro asado es un plato exclusivamente orureño y no tiene el mismo sabor ni el mismo tratamiento en otras ciudades del país, debido a que el mejor ganado ovino de Bolivia está en la meseta andina. Parece que el secreto se esconde en los pastizales aledaños al salar de Uyuni. Mientras más sal consume el cordero, más exquisita es su carne. Por otro lado, sólo las prodigiosas manos y la sabiduría tradicional de las orureñas pueden darle el toque que requiere el rostro asado. Comerlo es un ritual: quitar el cuero del cráneo y devorar el seso antes de que el frío de la madrugada lo impida, seguir con los ojos, las mandíbulas y la lengua. Es un alimento degustado por los borrachos y noctámbulos que, babeando y babeando, descarnan hasta el último hueso, ya sea parados en la calle, sentados en la acera o con la cara vuelta contra la pared.

–¿Y nunca te dio asco? –pregunté con una mueca de repugnancia.

–¡¿Asco?! ¡¿Por qué asco?! El rostro asado es la comida del diablo y manjar para paladares refinados. No en vano Jaime Saenz, en Los papeles de Narciso Lima Achá, le dedicó unas líneas a esta especialidad culinaria de la tierra de los urus.

–No recuerdo bien esas líneas de Saenz –le dije revelando mi pésima memoria.

–¡Cómo que no! –replicó con el ceño fruncido–. El vate paceño refiere que las cabezas de corderos cocidas al horno tienen un aspecto asaz inquietante, pues parecen mirarte como desde ultratumba, con grandes ojos desmayados y relucientes (…) y parecen decirte: por favor, no me comas, con blancos dientes y con lengua colgante, siendo esta última el bocado más apreciado por los conocedores, quienes comienzan con los ojos y continúan con los sesos, para luego proseguir con el pellejo y terminar con la lengua, que precisamente se reputa como lo más delicioso del rostro asado y se reserva como postre.

–Está bien, Tío –asentí con un gesto de aversión–. Ahora dime, ¿dónde comprabas tu plato favorito?

–No lo compraba –contestó de inmediato–. Las veces que no salía la luna, yo salía de la mina antes de clarear el alba y, transformado en artista bohemio en la noche fría y sin estrellas, me presentaba en la Avenida Bolívar o en la esquina de la calle Herrera y Montesinos, donde las vendedoras, al darse cuenta de que era el mismísimo Tío, y a modo de congraciarse conmigo, me ofrecían gratis un exquisito rostro asado, humeante y partido de un hachazo. Yo daba las gracias y comía la cabeza entera a mi regalado gusto, acompañándola con pan, llajway un bajativo o mata chancho, preparado con el mejor destilado lugareño.

–En este caso, el trago no sería un mata chancho, sino un mata cordero, ¿verdad?

–Da lo mismo –dijo retirándose a su trono–. Lo importante es saber que Oruro es famoso por su Carnaval, pero también por el rostro asado, Quien no ha probado la comida del diablo, no conoce la tierra de los quirquinchos ni los gustitos del Tío.

Me levanté de la mesa y pasé a la cocina, dispuesto a fregar los platos, las ollas, la cacerola y los vasos, mientras el estómago se me retorcía de sólo pensar en la comida del diablo.

 

*Deidad de la mitología andina, mitad dios y mitad diablo. Los mineros le temen y rinden pleitesía, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.

Victor Monotya

Nació en La Paz, en 1958. Escritor, periodista cultural y pedagogo. Vivió en las poblaciones mineras de Siglo XX y Llallagua. En 1976, como consecuencia de sus actividades políticas, fue perseguido, torturado y encarcelado. Estando en el Panóptico Nacional de San Pedro y en el campo de concentración de Chonchocoro-Viacha, escribió su libro de testimonio ?Huelga y represión?, hasta que en 1977, tras ser liberado de la prisión por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia.

Cursó estudios de pedagogía en la Escuela Superior de Profesores, en Estocolmo. Dictó lecciones de quechua en institutos, coordinó proyectos culturales en una biblioteca y ejerció la docencia durante varios años. Ha publicado: ?Días y noches de angustia? (premio nacional de cuento, UTO, 1984), ?Cuentos Violentos? (1991), ?El laberinto del pecado? (1993), ?El eco de la conciencia? (1994), ?Antología del cuento latinoamericano en Suecia? (1995), ?Palabra encendida? (1996), ?El niño en el cuento boliviano? (1999), ?Cuentos de la mina? (2000), ?Entre tumbas y pesadillas? (2002) y ?Fugas y socavones? (2002). Dirigió las revistas literarias ?PuertAbierta? y ?Contraluz?. Escribe para una veintena de publicaciones en América Latina y Europa.

Es miembro de la Asociación de Escritores Suecos y del PEN-Club Internacional. Participó en el Primer Encuentro Hispanoamericano de Jóvenes Creadores, Madrid, 1985, y fue uno de los principales organizadores del Primer Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Europa, Estocolmo, 1991.

Su obra mereció premios y becas literarias. Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales. Es redactor responsable de la edición digital de Narradores Latinoamericanos en Suecia:http://www.narradores.cjb.net.

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