Rolando Carvajal / La Paz
Una robusta y reptiliana peni, de casi un metro de longitud, se arrastra pesadamente moviendo la cola y las patas, mientras el jefe de guardaparques se da modos para esquivarla tras su repentina aparición en medio del camino, ante la misma camioneta. Tan mimetizada como está apenas se la ve.
En los siguientes kilómetros aparecen en medio de la ruta decenas de familias de capibaras, con madres del tamaño de un cordero gordo, que miran de reojo y sólo se deslizan hacia los matorrales cuando el vehículo está a escasos metros de ellas.
Durante el viaje también se ve a algunas de las londras, esas nutrias acuáticas gigantes de piel tan cotizada y caninos brillantes, Algunas retozan al sol con sus cachorros, en las orillas de las pozas; otras disfrutan de un pez a dentelladas urgentes.
Aves y plantas de nombres complejos o de origen guaraní se alzan sobre el parabrisas. Algunas vienen precedidas de bandadas de cotorras verdes y de torcazas plomizas, que vuelan en medio de garzas blancas, patos negros, aguiluchos y gallaretas que dejan caer un caracol.
Un solitario bato-jabirú, de cabeza y cuello negro con plumas blancas, condecoradas por un destello rojo en la pechuga (que en La Paz recuerda al tétrico marabú), se alza sobre una pata, metiendo el pico en un ala.
Todos están en el bloque mayor del Parque Nacional Pantanal Otuquis, que comprende 10.000 kilómetros cuadrados, repartidos en dos secciones. Ambas conforman el Pantanal boliviano, un quinto del gran Pantanal que se extiende al otro lado del río Paraguay y es compartido por Brasil, Bolivia y Paraguay.
La porción menor corresponde al bloque Pimiento, con la laguna Cáceres como centro del humedal. Está al borde de Puerto Suárez y Puerto Quijarro, del departamento de Santa Cruz, a sólo metros de la frontera con Brasil, exactamente a 10 minutos de Corumbá.
La otra parte, por donde la 4×4 todo terreno avanza en medio de la inmensa sabana, salpicada de vastas islas de palmas blancas, motacuses y tajibos pantaneros, es fuente y reservorio de agua dulce, hábitat natural de un gran número de especies de fauna y flora.
Es mediodía y, por supuesto, no se ve ni un jaguar o yacaré. «Ellos salen en la tarde y en la noche”, explica el guía que nos acompaña en el viaje y remeda sobre el volante un pretendido trote noctámbulo de esos felinos.
A esa hora sí se ve billones de mosquitos, que, como naves circundantes a chorro, punzan la piel. También aparecen miles de mariposas de colores intensos que succionan agua del barro que sobrevive en los humedales y arroyos, donde abundan los peces.
En el lugar se ve a algunos pescadores armados de tacuaras largas transformadas en cañas, seguros de que al final picará un pacú.
El parque incluye en su millón de hectáreas un área natural de manejo integrado, donde pululan 59 especies de mamíferos acuáticos y terrestres, una notable cantidad de reptiles mayores y una alta diversidad de aves, especialmente acuáticas. Según el portal sernap.gob.bo,, se tiene contabilizadas 50 especies de peces concentrados en las llanuras de inundación.
Decenas de amenazas
Oficialmente, las principales presiones sobre el área son los incendios forestales y la quema de pastizales en la época seca (de julio a septiembre), la cacería de lagartos, la pesca comercial no autorizada, la presión de la colonización, a través de rutas mejoradas, y el comercio de loros y parabas.
«No todas las estancias proveen de carne a sus trabajadores, lo que aumenta la cacería”, se lee en el portal digital del Servicio de Áreas Protegidas (Sernap).
Hace cuatro años, la no gubernamental WWF (World Wildlife) previno que la conservación de la cuenca del río Paraguay y la supervivencia del Pantanal estaban en peligro por la degradación de las nacientes y ríos que fluyen desde los altiplanos hacia la planicie del Pantanal.
«La mitad de la cuenca está bajo un riesgo ambiental alto o medio. Es necesario proteger urgentemente el 14% de su superficie, por su gran capacidad de suministrar agua y mantener los ciclos de crecidas y reflujos que dan vida al Pantanal”, informó entonces la WWF.
La ONG identificó como las principales amenazas la deforestación y el manejo inadecuado de tierras para la agricultura, y la ganadería, que causan erosión y sedimentación en los ríos. Añadió que las represas hidroeléctricas alteran el régimen hídrico natural del Pantanal.
«El crecimiento urbano y de población conduce a más obras de infraestructura, como carreteras, represas, puertos e hidrovías, poniendo en peligro al frágil equilibrio ambiental”, dijo entonces el organismo.
La norma vs. el poder
Hoy los riesgos vienen de la mano del Estado y sus socios privados que construyen megaproyectos: puertos de carga, vía férrea, pavimento rígido para alto tráfico vehicular, locomotoras…
«Se van a dar y no podemos hacer nada, sino preservar todo lo que se tiene, de acuerdo al reglamento”, confiesa el jefe de guardapartes de Otuquis, Juan Carlos Alvis, un chaqueño oriundo de Monteagudo.
Entre las presiones que pesan sobre el área cita el ruido provocado por la maquinaria de las empresas que dispersa a los animales, los vehículos que atropellan a la fauna. A eso se suma la futura afluencia de gente local y de turistas, la polvareda de óxido férrico levantada durante el trayecto por las rutas abiertas (el polvillo afecta a la fotosíntesis de las plantas acuáticas), la producción de basura y la contaminación del agua.
«No se ha considerado caminos con pasos de fauna, como en Brasil, con puentes accesibles”, lamenta el guardabosques Alvis, que, inmediatamente, añade orgulloso: «Hay lugares del Pantanal que aún son vírgenes”.
El cambio climático hace su parte y ha elevado la temperatura en el lugar hasta los 45 grados bajo sombra.
De pronto, una tormenta reemplaza al intenso sol y comienza a inundar las cunetas. Reaparecen las entradas y vallas de la veintena de haciendas establecidas a uno y otro lado del camino.
El cerro del Mutún se yergue. ¿Su explotación tendrá piedad del Pantanal? El Estado no ha difundido sus previsiones medioambientales.
Purificador del río Paraguay
El Pantanal purifica el río Paraguay de los metales pesados procedentes de la minería y reduce la mortandad de especies acuáticas. «La piraña, el pacupeba, el pacú, el ventón, el pintado, los bagres y las juritas -que viven en las aguas del Canal Tamengo- mueren por la contaminación de las aguas y por la poca oxigenación en esa hidrovía, dijo en agosto del 2013 el presidente de la agencia estatal fronteriza (Ademaf), Fernando Alcázar.
«Cuando baja el agua, hay pequeñas lagunillas donde los peces fallecen y esa agua se pudre y cuando sube el nivel se mezcla todo y eso contamina”, explicó. Mucho antes, en 2009, el experto paraguayo Carlos Cáceres advirtió en el ABC de Asunción que al modificarse los patrones de drenaje existe la posibilidad de desecación de la Laguna Cáceres, provocando el deterioro de la calidad del agua por la remoción de sedimentos.
«El canal Tamengo representaba a la mayor concentración de volúmenes de dragado por unidad de longitud de toda la hidrovía. Incluso, de depositarse el material extraído del canal a lo largo de la orilla norte podría afectar los patrones de drenaje en el área de inundación, acelerando aún más la desecación de la laguna Cáceres, incluido unas 450 hectáreas de humedales”, dijo.
En 1969, laguna Cáceres ya se secó, recuerda el presidente de la cooperativa de agua potable de Puerto Suárez, Erwin Salinas.
«Fue difícil sacar a los loteadores y aún hoy los alambres de púas y postes están bajo el agua, por eso es peligroso bañarse en ella”, afirma al mostrar fotos de 1932, cuando en Puerto Suárez atracaban navíos de gran calado.
Hace ya tres años que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) alertó de que Bolivia es uno de los países que más sufre por el cambio climático y eso se ha traducido ahora en el deshielo progresivo de los glaciares y la desaparición del lago Poopó.
Cambio climático agrava la escasez de agua en Bolivia. Foto: Internet
La Razón Digital / EFE / La Paz
24 de noviembre de 2016
El cambio climático y el efecto del fenómeno de El Niño, una dispar geografía que impide un mejor aprovechamiento de las cuencas y una mala gestión institucional del sector han empeorado los efectos de la sequía en Bolivia.
Pese a estar atravesado por tres cuencas hidrográficas, parte del país padece de una brutal sequía que ha causado pérdidas agrícolas y que muchos embalses estén a niveles mínimos en las ciudades, entre ellas La Paz, donde desde hace más de dos semanas hay cortes en el suministro de agua y racionamientos por pocas horas en cisternas.
Hace ya tres años que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) alertó de que Bolivia es uno de los países que más sufre por el cambio climático y eso se ha traducido ahora en el deshielo progresivo de los glaciares y la desaparición del lago Poopó, que era el segundo más grande después del lago Titicaca.
Al respecto, un reciente estudio publicado por la Unión Europea de Geólogos cuantificó en un 43 % la disminución de los glaciares bolivianos entre 1986 y 2014, por el calentamiento global.
Los investigadores de esa institución concluyeron que la superficie que ocupan los glaciares bolivianos pasó de los 530 kilómetros cuadrados en 1986 a 300 kilómetros cuadrados en 2014.
El deshielo supone «un hecho alarmante», pero en concreto solo afecta a la provisión de agua en las ciudades andinas vecinas de La Paz y El Alto, donde viven cerca de dos millones de personas, dijo a Efe el investigador del Instituto de Hidráulica e Hidrología (IHH) de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), Jorge Molina.
«Va a llegar un momento en el que el glaciar sea tan pequeño o haya desaparecido y ahí sí va a afectar a la disminución del agua disponible», dijo Molina reforzando un pronóstico que se ha repetido varias veces en las instancias científicas.
Por eso, según este experto, a partir de lo que ya ha comenzado a suceder el Gobierno debe tomar previsiones y al menos construir embalses que puedan almacenar el agua que proviene del deshielo.
Además, Bolivia vive afectada por el fenómeno climatológico de El Niño, que está provocando la peor sequía en 25 años en el país.
Molina señaló que las consecuencias de la sequía se han agravado en regiones como La Paz, Oruro (oeste) o Chuquisaca (sureste) «por la mala gestión del agua» y porque las autoridades no han hecho «una previsión adecuada» para el aprovechamiento del agua.
El propio presidente boliviano, Evo Morales, ha reconocido el mal manejo del tema por parte de funcionarios del área de regulación y de la empresa pública que atiende a La Paz y El Alto, lo que hasta ahora ha derivado en la destitución de tres autoridades por no haber lanzado a tiempo las alertas sobre el desabastecimiento.
El país andino cuenta además con tres cuencas hidrográficas muy diferenciadas, entre las que está la del Amazonas, que es la más grande del mundo y se extiende por más de la mitad del país.
Pese a tener esa disposición de agua en el Amazonas, la mayor parte de la población boliviana vive cerca de la cuenca del Plata, que tiene contaminación minera, y en la cuenca del Altiplano, que es la que más está sufriendo los efectos de la escasez del agua.
Otro investigador del sector de la UMSA, Mario Baudoin, comentó a Efe que también se debe tomar en cuenta que «el crecimiento demográfico tanto de La Paz como de otras ciudades ha hecho que haya más demanda de agua que la capacidad de las represas».
Baudoin sostuvo, además, que la sequía «se veía venir hace mucho tiempo» y achacó las malas previsiones a que habitualmente «uno no cree que la mala suerte le va a llegar, hasta que le llega».
La noche de este miércoles llovió en La Paz con granizo y truenos durante 45 minutos, pero los técnicos del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología consideraron que fue un chaparrón que no ayuda mucho porque las aguas no cayeron sobre la represa que más necesidades tiene. (24/11/2016)