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Todos Santos: 7 panes añejos para la travesía de las almas

27 Oct

Imagen actual: Loaves of bread with carved religious symbols on a wooden altar surrounded by lit candles and religious icons
 
 

 

PAGINA SIETE

T’antawawas, escaleras, llamas, ataudes, caballos, sol y luna y t’anta palomas no pueden faltar en una mesa. Ferias de panificadores preservan las costumbres.

 
 
 
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lunes, 29 de octubre de 2018 · 00:12

Leny Chuquimia / La Paz

 

T’antawawas, escaleras y llamas son algunos de los panes que no deben faltar en la mesa de Todos Santos para recibir a las almas que, según reza la tradición, retornan cada primero de noviembre para estar con sus seres queridos. Ferias artesanales preservan el espíritu y muestran la renovación.

“Son 18 años que impulsamos la Feria de Todos Santos para mantener viva esta tradición que fomenta la unión familiar. Hemos visto que con el auge de Halloween se está perdiendo y ahora tenemos que poner más esfuerzo en recuperarla y preservarla para que las futuras generaciones conozcan nuestras tradiciones y las practiquen”, señaló el dirigente de la Federación de Panificadores Artesanales de La Paz, Dandy Mallea.

Los cambios en los panes

El pan es el elemento principal de la mesa. Con variadas formas, las masas simbolizan al difunto y a los seres y objetos que forman parte de su viaje después de la muerte. La escalera, la llama, la cruz, el sol y luna, el ataúd, la t’antawawa y el cóndor son los siete panes que no deben faltar en una mesa. Algunos se han perdido y otros con el paso del tiempo han cambiado.

“Por ejemplo, las llamitas se han cambiado por los caballos. Las llamas llevan la carga de las almitas. Van a avenir con bendiciones y se van a llevar todo lo que les vamos a preparar”, explicó una de las vendedoras de la Feria de Todos Santos de la Plaza Mayor.

Otra figura que fue modificada, pero que tampoco es muy solicitada, es la t’anta paloma que representa al Espíritu Santo. Esta sería una modificación del cóndor, el ser que transportaba a los ajayus a la morada de los achachilas en lo alto de las montañas y los nevados.

El pan con las formas de sol y luna superpuestas es uno de los elementos que se están perdiendo, según algunas feriantes. Casi siempre es remplazado o confundido con la corona. Sirve para que estos dos astros iluminen el camino de los viajeros durante el día y la noche.

Otro elemento importante es la escalera que sirve a las almas para bajar del Alaxpacha (el mundo de arriba) al Akapacha (el mundo terrenal). Para los niños, las hacen de dulce y dicen que es para que los angelitos (como se les dice a los difuntos en la infancia) suban al cielo.

“El ataúd tampoco puede faltar. Lo representamos con los bizcochuelos, pero a la vez también son la almohada en la que descansarán las almas en su largo viaje”, indicó Mallea.

Como una muestra del sincretismo religioso las cruces de pan representan los pecados del difunto cuando estaba vivo, además de la vida y la resurrección de Jesús. Pero también -dicen los feriantes- que es una representación de la Cruz del Sur, una constelación de gran importancia en la cosmovisión andina.

“El pan central es la t’antawawa. Es la que tiene la forma del difunto. Pueden ser hombres, mujeres, adultos mayores, jóvenes o bebés”, dijo Mallea.

De acuerdo a los años de la partida del difunto, las t’antawawas que lo representen deben ser de mayores dimensiones. Las caretitas que se usan para ponerles un rostro deben parecerse al finado en sus facciones.

 

 

La t’antawawa más grande

Como una forma de incentivar a la elaboración de estos panes la Federación de Panificadores Artesanales elaborará la t’antawawa más grande de La Paz. Como cada año, la meta es superar la longitud de la gestión pasada.

“El año pasado estábamos sobre los tres metros, esperamos superar esa medida. Estamos haciendo la planificación para ver qué panaderos serán los encargados de este año”, aseveró el dirigente del sector.

El pan será presentado en el atrio de San Francisco el 1 de noviembre durante el armado oficial de la mesa de Todos Santos de la Federación. Habrán resiris y varias sorpresas.

“Tenemos todas las masitas necesarias para que la gente pueda comprarlas. A diferencia de Halloween esta es una fiesta sin miedo ni terror, sino llena de unión familiar y alegría. Recibimos a nuestros seres queridos, compartimos con ellos y preparamos su plato favorito”, dijo.

En diferentes plazas de La Paz, las asociaciones de panificadores organizan ferias en las que ofertan al público una gran variedad de panes y masas horneadas, desde dulces hasta saladas.

Como cada año, cada asociación arma una mesa en honor a las almas de sus afiliados o personalidades paceñas que ya murieron. Para quienes deseen adquirir estos productos pueden acudir al atrio y la plaza Mayor de San Francisco y también al atrio de la iglesia la Merced.

 

Otros elementos

Según la tradición, el altar o mesa de difuntos debe estar lista al mediodía del 1 de noviembre. Debe permanecer armada por 24 horas.

Además del pan, para cumplir esta larga travesía son imprescindibles el agua y la coca. Por ello, en la mesa se colocan un montón de la hoja y el “tokoro”, que son cebollas en flor que tienen las cabezas huecas para guardar el agua como en un cántaro.

De acuerdo al gusto del difunto debe haber un plato de comida, una bebida, frutas y algunos manjares. Entre los ornamentos también se colocan cañas de azúcar, que dicen, sirven como bastones para las almas. Además se debe adornar con guirnaldas de colores hechas de polietileno, flores y velas.

La chicha morada para aliviar la sed

 

Para preparar esta bebida tradicional se precisa: seis libras de maíz morado (remojado en agua fría la noche anterior), una piña madura, una manzana, azúcar al gusto, 10 litros de agua, una rama de canela y 10 clavos de olor.

En una olla grande, hay que poner a hervir el maíz en bastante agua. En otra hacer hervir la piña cortada en rodajas -con todo y cáscara- junto con la canela, el clavo de olor y la manzana partida en trozos. El tiempo de cocción puede ser unos 45 minutos. Los tonos oscuros serán una muestra de que están listos.

Mezclar sólo el líquido y dejarlo enfriar. Poner azúcar al gusto antes de servir. Se puede aumentar el jugo de un limón.

Los más dulces bizcochuelos

Para una masa esponjosa se precisa 30 huevos, dos libras de harina blanca, una y media libra de azúcar, una copa de singani y una cuchara de polvo de hornear. También se deben preparar unas pequeñas cajitas de papel.

Lo primero batir las claras hasta que estén a punto nieve, de a poco aumentar las yemas. El azúcar y la harina -mezclada con el polvo de hornear- deben ser cernidos sobre los huevos con movimientos envolventes muy suaves, alternando con el singani.

Para la cocción se debe colocar porciones de la maza en las cajitas de papel. En un horno a temperatura regular la cocción será de unos 15 minutos, deben quedar dorados.

T’antawawas, las más importantes

 

Los ingredientes son: ocho tazas de harina blanca, una cucharada de levadura seca, tres cucharas de azúcar, media cuchara de sal, 120 gramos de manteca, un huevo, leche y agua lo necesario.

Para empezar, en una taza grande se debe colocar la levadura en agua tibia junto con el azúcar. Dejar reposar unos 20 minutos.

En otro recipiente poner la harina con la sal. La leche se debe echar en el centro de a poco, igual que la levadura y azúcar ya disueltos. Mezclar todos los ingredientes, incluyendo la manteca hasta formar una masa compacta. Dejar reposar una media hora y luego tomar porciones para darles forma. Hornear de 20 a 30 minutos.

Suspiros, último aliento de vida

 

Los suspiros son unas golosinas hechas de huevo que representan al último suspiro de vida antes de fallecer. Los ingredientes son pocos y su preparación muy sencilla.

Serán necesarias 8 claras de huevo, el jugo de medio limón y tres y media tazas de azúcar molida. Si desea darles color también se puede añadir colorantes comestibles.

Como primer paso se debe batir las claras a punto nieve. De forma lenta agregar el azúcar sin dejar de batir. Añadir el jugo de limón de forma que la mezcla no quede suelta.

Con una cuchara colocar pequeñas porciones en latas forradas con papel mantequilla. Meter al horno suave durante 45 minutos.

Maicillos en la mesa de difuntos

 

 

Necesita dos libras de harina de maíz blanco cernida, una cucharilla de polvo de hornear, una libra de azúcar molida, una libra de manteca, cuatro huevos y un sobre de canela molida.

El primer paso es tamizar la harina con el polvo de hornear. Luego se debe mezclar con el azúcar.

Colocar la manteca en los ingredientes secos y mezclar hasta que sea absorbida. Se forma una especie de pasta que debe ser distribuida en bolitas medianas.

Una vez acomodada en el molde se aplasta la masa por el centro y se le espolvorea canela molida. Después se hornea entre 15 y 20 minutos. De acuerdo al gusto, una vez cocidos, se les puede poner mermelada de frutas.

El Alto busca a la t’anta wawa de Todos Santos más grande

27 Oct

Imagen actual: Large decorated bread figure shaped like a person surrounded by women in traditional Peruvian clothing
LA ALCALDÍA CONVOCA A UN CONCURSO PARA RECUPERAR LA TRADICIÓN

 

Los participantes deben armar una mesa de difuntos. El jurado considerará el tamaño de los panes y también conocimiento de los pequeños “rezadores”.

 

 

 Las t’anta wawas son infaltables en la mesa de difuntos.

Con el objetivo de  incentivar la práctica de la festividad de Todos Santos en los niños, la Alcaldía de El Alto lanza el concurso   «T’anta wawas y rezos P’ululuriris”. Los escolares participantes deben armar una mesa de difuntos. El jurado considerará el tamaño de los panes y el conocimiento de los pequeños «rezadores”.
El certamen, organizado por el Programa de Desarrollo Infantil Pan Manitos  de la comuna alteña, está dirigido  a los niños del ciclo preescolar. En conjunto, los menores  deberán diseñar y armar una mesa de Todos Santos y presentarla el  30 de octubre en las instalaciones de la Alcaldía Quemada de la Ceja de El Alto.

«A través de los 80 centros infantiles en codirección de la dirección de cultura se organiza el concurso y armado de mesa, recordando a  nuestros difuntos”, informó ayer Hugo Escobar, responsable del Plan Manitos.

El jurado considerará el conocimiento de las costumbres de Todos Santos que tengan los participantes. Premiará a los niños que presenten la t’anta wawa más grande y a   los P’ululuriris que recen y canten mejor.

«El jurado también calificara todo lo que tiene que tener una  mesa completa: panes con figuras, pasacalles, dulces, frutas, caña y  hasta  el  plato de comida que le gustaba al difunto”,  dijo Escobar. Añadió que en esta actividad participaran los 80 centros infantiles de los 14 distritos municipales de El Alto.
De acuerdo a la tradición andina, las t’anta wawas son los panes con formas humanas y caretas de yeso que representan a los difuntos. Son el complemento esencial para armar la mesa de bienvenida a las almas de los muertos que llegan al medio  del 1 de noviembre.  Al día siguiente, en su despedida, se recuerda la festividad de Todos Santos.
Los  rezos P’ululuriris son aquellos dedicados especiales a las almas de los difuntos . En el área andina, las personas  oran por los muertos con lamentos en aymara y con canciones dolidas. A cambio, reciben  alimentos y golosinas que eran los favoritos del familiar que dejó el mundo de los vivos.

Según la tradición al medio día del 1 de noviembre las almas visitan las mesas con ofrendas que son preparadas por los familiares. En los últimos años paralela a esta práctica en Bolivia se celebra Halloween.

 
 
Página Siete / La Paz
 

Caretas para t’antawawas traen novedades

26 Oct Bread loaves decorated with painted faces and colorful sprinkles laid out on a table

Imagen actual: Bread loaves decorated with painted faces and colorful sprinkles laid out on a table
 
LAS MÁSCARAS DE CHOLITAS Y SOLDADOS NO PASAN DE MODA

 

Este año están de moda los personajes del filme Los Minions y de la serie Pucca.

 
 

 

Leny Chuquimia /  La Paz

Caretas de estuco de los personajes animados de la película Minions y  de la serie Pucca  son las novedades para las t’antawawas de Todos Santos de este año. Los precios van desde   un boliviano  hasta  20 bolivianos. Las guirnaldas de plástico y dulces  artesanales  de colores ya se encuentran a la venta.

«Para este año  tenemos las caretitas de Pucca  y Garu, todas con diferentes gestos. También hay de los personajes de los Minions y los del Hombre Araña, que son para los niños”, explicó la vendedora  Nelly Alvares de la feria de Todos Santos que  año tras año  se instala en la rotonda de la calle Máx Paredes.
La oferta es amplia en las  caretas de estuco que dan  personalidad propia a  las t’antawawas que se ofrecerán en la mesa de Todos Santos. Sus dimensiones  varían de acuerdo al fin que vayan a tener. Para las galletas  las caretitas no son mayores a la uña del dedo pulgar, mientras que para las  t’antawawas hay máscaras de hasta 20 centímetros.
«Las caretas grandes son para las almas que cumplen el primer año porque es cuando más grande es la mesa que se les arma. Las pequeñas  las llevan para hacer las galletas para las mesas de los niñitos, donde tiene que haber productos dulces”, indicó.
Si bien la modernidad llega a las caretas de Todos Santos, con acabados coloridos y brillantes de personajes taquilleros, los tradicionales rostros blancos con chapas rojas en las mejillas, lluchus o sombreros de cholitas aún son buscados.
«La carita de la   t’antawawa tiene que tener el gesto de almita y parecerse a como era el difunto en vida”, recomendó la compradora Juana Alcón.
Para esto se ofrecen caretas con gestos de niños, de jóvenes, de adultos y de ancianos. Algunas evocan a las actividades que tenían en vida, siendo los más comunes los que llevan cascos de mineros, de soldados y de morenos. Los caballos también tienen su lugar entre estas artesanías.
«A la mesa también hay que poner guirnaldas de plástico. Los colores depende de quién era la almita. Para los niños y jóvenes se usa el color blanco y para los adultos,  negro o lila. A veces también ponen del color de su equipo de fútbol”, señala Alcón.
Los dulces artesanales llegan en forma de canastitas, escaleras y cruces. A éstos se suman suspiros con chispas plateadas y cadenas de pasancallas.
En su primer día de venta, feriantes y consumidores pidieron ayer que para el próximo año las autoridades autoricen la venta de productos de Todos Santos con más días de anticipación a la fiesta. «Ahora  nos dejan salir sólo desde el 26 de octubre, apenas cinco días antes de Todos Santos. Y ese  tiempo no es suficiente para preservar nuestra tradición”, sostuvo Álvarez.
«Deberían salir  antes. Los que tenemos la costumbre de esperar a nuestras almas ya entramos en preparativos semanas antes y sin las caretas no podemos hacer las t’antawawas. Yo he tenido que ir a buscar algunas a El Alto y apenas he encontrado unas tosquitas”, indicó Alcón.
Hasta el 1 de noviembre, cerca de 20 expositoras ofrecerán al público  sus productos en la rotonda de las Max Paredes desde las  8:00 hasta las 19:00. Prometen rebajas en los precios.

Ferias del pan

Ferias Además de la feria de  insumos en Max Paredes, también se abrieron ayer   ferias de  panificadores en tres puntos del centro paceño.

Puntos  El atrio de San Francisco,  el mercado Lanza y el atrio de la Iglesia La Merced acogen  a las ferias de los panificadores que ofrecen suspiros,  galletas, maicillos y otras masitas   por docena.

Arvejas    En la Garita de Lima  ya se puede encontrar las arvejas secas para el tradicional ají de Todos Santos.

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La primera vez, la última

18 Jul

¿Por qué casi siempre los bolivianos comemos y bebemos como si fuera la última vez?, se pregunta el autor en esta reflexión de corte hedonista (¿o todo lo contrario?).

 

Sebastián Antezana
Escritor

«El disfrute de la comida se consuma en rituales públicos y privados que muchas veces terminan en rupturas. Pocos momentos hay de mayor vinculación, tensión y quiebre entre las personas”.

Lector al sol

Es extraño y quizás también paradójico. Es extraño y quizás paradójico pero en Bolivia -en la selva, las montañas, el altiplano, el valle- el disfrute sensorial está ligado al éxtasis y al dolor de forma profunda.
Me explico. Yo recuerdo un amanecer borroso. Oruro, Carnaval, alba del domingo. Sobre la explanada que coronaba el final del recorrido de los bailantes, en medio de la niebla que atravesaba el amanecer como leche diluida, entre los cientos de borrachos que poblaban el espacio como fantasmas adormecidos, yo estaba tratando de convencer a alguien de que lo mejor a esa hora era ya irnos a dormir.
El sol despuntaba. O tal vez no pero la blancura sucia del ambiente era señal de que pronto lo haría. Y mientras yo trataba de convencer a ese alguien de que lo mejor era ya irnos a dormir, darnos por vencidos y entregar el cuerpo a algún jergón o sleeping, como animales embrujados de sueño, pude ver que, entre la niebla lechosa y los borrachos, un hombre se abría paso y se dirigía hacia mí cargando una cabeza de cordero.
Me la ofreció sin mucho trámite, casi sin decir nada, con apenas una sonrisa o una mueca ambigua en el rostro, o por lo menos así lo recuerdo, un gesto que era mitad amabilidad y mitad mandato. Y yo, vencido por el baile, el júbilo espaciado del Carnaval y el sueño, no dije nada, entendí, agarré y empecé a comer. Mi primer rostro asado. Y de alguna manera también mi último rostro asado. Una cabeza entera cocida por horas bajo la tierra –todavía con ojos, lengua y pelaje– de la que esa madrugada yo sacaba pedazos de carne y cartílago, piel y grasa, con las manos agradecidas.
No recuerdo mucho más. Sé que en algún momento la persona que hasta entonces estaba conmigo se fue a dormir y me dejó solo, sorprendida o confusa o derrotada por la escena: un ritual litúrgico, un hombre que entre borrachos y al despuntar el día se come una cabeza de cordero. Pero sí recuerdo dos cosas. Una, que, al terminar mi parte de la comida y alejarme del atrio de la iglesia del Socavón, vi cómo un epiléptico sufría un brutal ataque ante la vista desinteresada de la multitud. Y, otra, que tras todo aquello y antes de buscar el jergón o colchón o el pedazo de suelo donde maldormiría unas horas, lleno pero necesitado de terminar la ceremonia, me fui al mercado a tomar un vaso de api y mientras lo hacía como un autómata recibí un mensaje de mi acompañante que me decía chau, que por favor no la buscara más.
Es así. El disfrute de la comida se consuma en rituales públicos y privados que muchas veces terminan en rupturas. Pocos momentos hay de mayor vinculación, tensión y quiebre entre las personas. Pocos momentos hay de más intensa conexión entre ellas y su entorno, entre el hombre, la naturaleza y la cultura. Y cuando el ritual de la comida se da en un espacio en que se mezclan goce con melancolía e incluso dolor, como un palimpsesto en blanco y negro, cuando ocurre en un territorio tan marcadamente abigarrado como el boliviano, en el que la fiesta es sinónimo de llanto, llega a conformar una lógica, algo alejada de la economía de mercado y los rituales puramente comunitarios, cuyos signos mayores son el exceso y el éxtasis.
Como lo saben los personajes de Jaime Saenz y también sus lectores, el exceso y el éxtasis nunca vienen solos sino acompañados de arquetipos: el exceso junto al tragón feliz y enrojecido que revienta los botones de la camisa, y el éxtasis junto al borracho fundido de júbilo.
Como etapas claves en el camino de la revelación, ambas son formas culturales típicamente bolivianas, dos de nuestros principales modos de ser. No modas, ni corrientes  ni géneros, sino proyectos de bolivianidad que conducen a una iluminación parcial, una plenitud arrepentida, una fascinación dolorosa. Exceso y éxtasis consumible, comible, bebible, procesable, desechable y finalmente combustible.
La comida -y sobre todo la comida en Bolivia, espacio de hambre y saciedad milenarias- trasciende la mera nutrición y el disfrute, sobrepasa las esferas de la economía y la cultura, el terreno del cuerpo, sus necesidades y proyectos. Se trata, más precisamente, de una cuestión de ideología. La comida como la densa red o el tejido que nos contiene y relaciona a todos, personas e instituciones, como el complejo sistema que nos sustenta y constituye, desde el hambriento hasta el harto, el necesitado y el pródigo.
Como toda ideología, la comida en Bolivia requiere de fe y de misterio. Comenzando por el gesto alquímico de manipular la naturaleza para servirnos de ella -y luego servírnosla-, cuando hablamos de comida hablamos de un sistema de vidas y muertes, de prácticas y creencias que a pesar de su evidente materialidad no están alejadas de la metafísica. Porque cuando comemos los frutos del mundo somos parte de algo más grande, perpetuamos un recorrido circular y tenemos claro que todo placer es siempre un placer doloroso, ya que nos conduce en cuerpo y alma a esa comunión que culmina en la falta o el exceso, el hambre o la saciedad, y que así nos conduce a la instancia en que comprendemos que cada comida es todas las comidas y, al mismo tiempo, irremediablemente, la última comida.
Así, comer en Bolivia, entregarse de lleno al hiperbólico disfrute de un rostro asado, un cajón de cerveza o cualquier otro festín, no hace más que ratificar el júbilo y la pena de saber que, de alguna manera, cada bocado, por ejemplo cada salteña que comemos, milagro y símbolo nacional, es siempre la primera y la última.

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