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Quinua: la revolución del grano de oro

19 Oct

Imagen actual: Mature quinoa plant with grain clusters in a field with mountains
ÁLEX AYALA UGARTE

http://elpais.com/

David Lynch, Gwyneth Paltrow y Juan Diego Flórez son sus embajadores
Se ha convertido en uno de los motores de la economía en Bolivia, principal exportador mundial
Sus precios se deciden cada sábado en un mercado campesino del Altiplano
Viajamos hasta allí para certificar la fiebre por la semilla dorada

 

En Challapata, un pueblito del Altiplano que algunos definen como el Wall Street boliviano de la quinua, los brókeres no tienen corbata, ni gafas de sol de marca, ni gemelos de plata para amarrar las mangas de la camisa. Tampoco hay pantallas luminosas que cambian de dígitos a cada segundo, ni teléfonos que suenan sin parar con tonos psicodélicos, ni portátiles, niipads, ni cualquier otro atisbo de modernidad que invite a pensar que este lugar es un importante mercado de América Latina. Acá, la Bolsa de Valores es una larga calle empedrada llena de camiones de carga, comerciantes que venden calculadoras enormes para los cortos de vista y puestos de comida callejera cubiertos con plásticos azul cobalto. Y los que fijan los precios del grano que seduce hasta a los paladares más sofisticados son hombres de mediana edad, manos ajadas, rostros tostados y pantalones sucios, y mujeres con enaguas, polleras de colores vivos, gorros para el frío y medias gruesas de lana que cubren desde la rodilla hasta el tobillo.

Es sábado, nueve y media de la mañana, y la herramienta más útil de trabajo es un palo del tamaño de una escoba. Este es el instrumento que identifica a los compradores, a los que buscan las mejores ofertas, a los que intentan encajar después la quinua a las empresas exportadoras de las ciudades de El Alto y Oruro –dos de las más pobladas de este país con una de las economías más estables de la región andina–. Pero desde hace algunos meses, dicen, es muy complicado conseguir la materia prima barata.

“Todo depende de la oferta y la demanda”, explica Eduardo Calisaya, dientes gigantes, como los de un oso, peinado alborotado sin raya. Son muchos los pedidos desde Europa y Estados Unidos y no es temporada de siega. Por eso la quinua está cara. Calisaya es acopiador, tiene 48 años, lleva más de 25 dedicado al negocio de la compra-venta y considera que elboom en torno al grano ha solucionado problemas de muchos labriegos e intermediarios que hasta hace poco eran bastante humildes: “Ahora es más sencillo mantener a la familia. Ya no tenemos nuestros bolsillos vacíos”, sonríe.

A unos metros de donde se encuentra Calisaya se lleva a cabo en este instante una transacción típica. Un señor amarra su vara de ­madera en uno de los extremos de un sacón con quinua blanca como el yogur que una doña entrada en carnes ofrece en la acera. Después la encaja en una balanza y comprueba el peso. Y luego saca un fajo de billetes y paga. Hizo un buen negocio: compró el quintal (46 kilos) a 1.500 bolivianos (unos 160 ­euros). Ayer el quintal de esa misma quinua estaba a 2.050 (212 euros): todo un récord. Pero los agricultores quieren quitarse de encima los remanentes antes de la época de recogida y decidieron depreciarla. En 2011, la muerte de Steve Jobs, el famoso gurú de la tecnología, propició un descenso fugaz en la cotización de las acciones de Apple. Aquí, una helada dispara los precios rápidamente y un buen año de cosecha hace que caigan.

Lidia Arancibia, vecina de Challapata, periodista en una radio local, dice que lo que están viviendo es un desvarío. “Hace 12 años, cuando estaba esperando un hijo, con 200 bolivianos (21 euros) me abastecí de quinua suficiente para aguantar todo el embarazo. Hoy no podría hacer lo mismo”. Hoy, por 200 bolivianos le alcanzaría para sobrellevar a lo sumo un mes encinta: para sazonar unas cuantas sopitas y algún guiso.

“Cuando la reina Sofía vino por acá, pedía quinua a todas horas”, cuenta Rita del Solar, referente culinario de Bolivia

Algunos tildan la locura de la que habla Lidia como transitoria. Y otros piensan que la tendencia al alza se sostendrá en el tiempo. Para ellos, la quinua es inimitable y única, una especie de piedra filosofal del universo agrícola, un producto revolucionario.

En Bolivia, la palabra revolución está de moda. Se habla de revolución política y cultural. Se habla de revolución indígena y energética. Y la revolución también tiene que ver aquí con el estómago y los jugos gástricos. “Frente a la crisis alimentaria global, nuestros pueblos tienen varias propuestas. Una de ellas es la quinua. Durante 7.000 años hemos mejorado este regalo que nos dejó la Madre Tierra, perfeccionando sus usos dietéticos, medicinales y rituales”, dijo Evo Morales en 2013, durante su discurso en la sede neoyorquina de la ONU con motivo del año internacional de este grano. Unos meses antes había viajado a Orinoca, su aldea natal, para sembrar quinua en una parcela y dejarse retratar para la galería. Allá, mientras atiborraba la chacra de simiente, el presidente que de niño recogía las cáscaras de naranja que botaban de los autobuses para hacer luego infusiones con las que matar el hambre posaba para los flases emocionado: parecía un niño que acababa de descubrir el fuego.

La quinua es un seudocereal que se adapta a los valles secos y a los húmedos, que se desarrolla incluso a nivel del mar, capaz de aguantar temperaturas bajo cero y calores extremos. Es parte ya del patrimonio de varios países, como Ecuador, Chile, Colombia, Francia, Suecia, Dinamarca e Italia. Pero la más valorada, la real, capaz de resistir allí donde cualquier otro sembradío difícilmente podría echar raíces, gusta de las alturas; y disfruta de condiciones excepcionales (suelo volcánico y planicies semiáridas) en los sectores que rodean al salar de Uyuni, que queda a 393 kilómetros de Challapata.

El año pasado, en la comunidad campesina de Frasquia, a 115 kilómetros de la ciudad de La Paz y a más de 4.000 metros de altitud, Carmelo Flores, un anciano de manos acartonadas y 123 años –probablemente el más viejo del planeta–, desveló a la prensa el secreto de su longevidad y apareció hasta el aburrimiento en portales de Internet y buscadores de noticias. Su fórmula mágica –declaró– consiste en beber agua de un nevado próximo a su casa, remojar el cuerpo con alcohol que guarda en un bote con víboras cuando le duele algo y consumir abundantes habas, papas, cebada y quinua.

Hoy es jueves y, en La Paz, Lucio Patón y Josefina Morales dicen ahora que ellos –al igual que Carmelo– intentan que nunca falte quinua en su dieta. La compran por arroba (11,5 kilos) cada vez que pueden y tratan de que les aguante varios meses. Entre ambos suman casi 180 años y aseguran que su fortaleza depende en gran medida de este grano que en otras latitudes se emplea hasta para controlar el mal de altura de los pollos y el ganado. “La quinua es buena para todo”, comenta Lucio, quien a su edad –se acerca a los 90– aún es capaz de cargar kilos y kilos en su espalda como si nada. “Te hace crecer”, añade Josefina, anclada en una silla. Lucio revela que también les da a sus perros unos puñaditos de vez en cuando. “Quizá por eso, los que hemos tenido han permanecido junto a nosotros muchísimos años. Mi padre fue el que me enseñó a lavarla bien y a cocinarla. A él le encantaba. Murió a los 105 años”.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la quinua, considerada por los incas como la madre de todas las semillas, se emplea para tratar más de 22 dolencias; tiene un alto contenido en vitaminas y en minerales como hierro, fósforo, potasio calcio, zinc y magnesio. Es perfecta para los diabéticos por su almidón de bajo índice glicémico. Para los celiacos porque sus ácidos grasos no contienen gluten. Y sus altos porcentajes de fibra hacen de ella el mecanismo ideal para eliminar toxinas y otros residuos que son perjudiciales para el organismo. El seudocereal, perteneciente a la subfamilia Chenopodioideae de las amarantáceas, está siendo evaluado por la NASA como una alternativa para los viajes de sus astronautas; y forma parte de las preferencias de cineastas como David Lynch, modelos como Kate Moss, actrices como Gwyneth Paltrow y Jennifer Aniston y tenores como el peruano que no sabe silbar: Juan Diego Flórez. Todos ellos son los nuevos embajadores kitsch del que ha sido bautizado por los nutricionistas como el “supergrano” o “grano de oro”.

Bolivia es el mayor exportador de este seudocereal. / PATRICIO CROOKER

“No existe ningún otro con tantas virtudes”, dice Rita del Solar mientras sujeta un coqueto empaquetado de cartón listo para que uno pueda hacerse una hamburguesa de quinua sin demasiado esfuerzo. “Yo recuerdo haber visto a madres que no podían dar de mamar porque no tenían suficiente leche engordando a sus bebés con el agua en la que cocían los granos. Y eso me parece algo maravilloso. Además, se trata de una planta sumamente atractiva. Sus tres variedades más conocidas, la blanca, la roja y la negra, combinan bastante bien con cualquier plato. Y son muy agradables para la vista”.

Del Solar, considerada la madame de las recetas bolivianas, tiene más de una decena de libros publicados. Es una señora que suele vestir trajes elegantes. Usa a veces unos lentes de varilla que le dan aspecto de abuelita entrañable. Y presume de haber preparado quinua para la reina Sofía. “Cuando vino por acá, la pedía a todas horas porque le fascina y es vegetariana. Yo no entiendo por qué los españoles se fijaron solo en la papa durante la conquista y no pusieron sus ojos en la quinua y en sus cualidades. La papa es muy voluminosa y poco práctica; la quinua, todo lo contrario. De haberse descubierto antes, seguramente se habrían evitado en el pasado muchísimas hambrunas”.

Hoy, el complemento ideal para los cosmonautas es un artículo omnipresente en las tiendas de comercio justo, en supermercados gigantescos como Carrefour y en las grandes cadenas de comida saludable. Se halla en un sinfín de formas: como grano, como harina, como pipoca, como gragea. Vive su mejor momento: ha llegado a rincones como Israel y Ucrania, y se promociona en otros como Corea del Sur y China. Según datos del Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras de Bolivia, este país, el mayor exportador internacional de quinua –por delante de Perú y Estados Unidos–, produjo el año pasado 95.000 toneladas y recaudó 153 millones de dólares, casi 50 veces más que hace una década. Su destino principal fue América del Norte; después, Europa.

Diez años atrás, el panorama era distinto. Por aquel entonces, aún había gente que se refería a la quinua con desprecio: hacia ella y hacia los que la consumían. “Esto es para pobres, para indios”, era la frase que más se repetía. “Ahora, la mentalidad es otra”, asegura Juan Pablo Seleme, ingeniero químico y dueño de la comercializadora Quinua Foods de El Alto. Actualmente, el grano se presenta como postre, como aperitivo, como entrante y como bocadito, en fideos y galletas, con huevo, con chocolate y hasta con sushi; su potencial es equiparable al de los lácteos; ha sido adoptado por algunos de los chefs más influyentes de las pasarelas culinarias, como el catalán Ferran Adrià, el francés Alain Ducasse o el también canonizado Gastón Acurio, peruano; y se utiliza normalmente en cantidades mínimas.

“Para mí es una bendición”, dice Seleme. “Y no solo por sus características, sino porque trae progreso. Antes, en el Altiplano, la mayoría de las viviendas eran de barro; ahora, de ladrillo. Debido al capital que genera, la electricidad ha llegado a bastantes sitios, más niños asisten al colegio y hay nuevos caminos”.

“Nos dijeron que teníamos que cultivar más quinua y lo hicimos, pero se marcha casi toda fuera. ¿Qué queda para nosotros?”

En Jirira, un poblado boliviano a orillas del volcán Tunupa en el que los teléfonos móviles no vibran porque no hay señal y donde el silencio es casi monástico, Guadalupe Ramos de Nina, extrabajadora del hogar, exmujer itinerante y huérfana desde muy chica, se ufana de haber levantado un albergue para mochileros con el dinero proveniente de la quinua. “Nos lo ha dado todo”, predica. “Le estoy muy agradecida”. Historias de éxito como la suya se reproducen a lo largo y ancho de la geografía de Bolivia. En Challapata, José Luis Willca, de 39 años, cuenta que él comenzó con una mochila, su mujer y un recién nacido; que antes se alojaba en una habitación precaria y que ahora, con los beneficios que recibe por la venta de maquinaria para los cosechadores, ha comenzado a construir el hogar deseado. Y en Caracollo, otro importante centro de acopio, Severino Arias sueña en voz alta: “Tenemos un presidente que antes era cocalero. ¿Por qué no aspirar a que el siguiente sea quinuero?”.

Walter Magne, en Oruro, es más escéptico y considera que se ha distorsionado la cadena productiva. “Vinieron las ONG, nos dijeron que teníamos que cultivar más quinua y la cultivamos, pero se marcha casi toda fuera. ¿Qué queda para nosotros?”, se pregunta. Magne, exembajadador boliviano en Alemania, un tipo delgado de dicción pausada y ojos chiquitos, dirige un café rústico con un menú cien por cien casero en el que lo más extraño es una cerveza elaborada a partir del codiciado “grano dorado”. Y dice que muchos campos se están erosionando, que únicamente preocupa la ganancia, que a pocos les interesa ya una buena relación hombre-naturaleza.

En La Paz, Joan Carbó Solé, de 25 años, uno de los responsables del laboratorio experimental del restaurante Gustu –un espacio vanguardista que maneja únicamente ingredientes made in Bolivia–, se muestra entusiasmado por las propiedades de la quinua, pero confiesa que, como comensal, no es algo que le cautive. “Por dentro es espectacular”, apunta. “Hay que reconocerlo: según los estudios, contiene los ocho aminoácidos esenciales y mucha proteína. Hace mil años, en el Altiplano, la gente, más que alimentarse, se nutría, y eso era fantástico. Su sabor, sin embargo, no representa para mí un estallido para los sentidos, como otras cosas que he probado”. Entre ellas, una flor dulce como la sandía y un hongo de aspecto tenebroso que parece explotar cuando se mete en la boca.

En Gustu, la quinua se esparce en unos panes laminados que se elaboran en la sección de repostería, y también se sirve como acompañamiento. Pero todavía la miran con cierta prudencia. “Dicen que es el superhéroe de este siglo, y sería genial que garantizara la seguridad alimentaria mundial”, comenta Joan. “Pero creo que no es lo que está ocurriendo. Muchos la ven solo como un negocio más, como si fuera petróleo”.

Se calcula que apenas el 10% de lo que se produce en Bolivia se dedica al consumo interno. Y en Challapata, Trifón Choque, que ha asesorado a una infinidad de programas de cooperación y desarrollo, habla de una especie de maldición de la quinua. “Por angurria, se ha roto el equilibrio. La gente ha comenzado a pelear por tierras para cultivarla y únicamente se le da importancia al billetito. Pregunte a ver cuántos la cocinan a menudo y le dirán que pocos, solo cuando llega algún turista”.

Así parece ser. A la hora del almuerzo, en el que se supone el paraíso boliviano de la quinua, los locales preferidos por muchos lugareños son los de comida chatarra, los que ofrecen pollos a la brasa, filetes de ternera, coca-cola, fanta y patatas fritas.

 

http://elpais.com/elpais/2014/04/10/eps/1397142396_162148.html

Los frutos amazónicos de Bolivia

1 Sep

Imagen actual: Assorted tropical fruits including persimmons, sapote, beach almonds, and other exotic varieties on a wooden tray

Los frutos de la llanura oriental proveen las vitaminas y aceites para la dieta de estos pueblos.

 

Guillermo Iraola Mendizábal
La Paz

Un reciente  trabajo de investigación dirigido por Javier Coimbra Molina y publicado por editorial El país  nos muestra la inmensa variedad de frutos que existen en nuestro territorio y que no son de conocimiento amplio de nuestra población.
Además de nombres conocidos como el achachairú, asaí, ambaibo, guapurú, motojobobo, motoyoé o paquió, nos revela una lista de 93 frutos estudiados en la región de la Chiquitania y de amplia difusión hacia el norte del territorio boliviano.
Es sorprendente la riqueza de nuestro oriente, que cuenta con la posibilidad de tener estos frutos silvestres durante todo el año, ya que de forma alterna se encuentran  por temporadas secas o  lluviosas.
Estos frutos de la llanura tropical boliviana  proveen de vitaminas y aceites necesarios para la dieta de los pueblos orientales, puesto que es muy difícil el cultivo de verduras en estas  regiones.
Bolivia tiene un potencial enorme para producir estos frutos, llamados,     por muchas personas,  frutos «exóticos”, ya que cuenta con una enorme variedad de especies nativas como lo demuestra el trabajo de investigación presentado por el naturalista boliviano Javier Coimbra que centró su trabajo en el bosque chiquitano.
Varios de los frutos de nuestra Amazonia ya se encuentran en franca explotación comercial a países vecinos que cuentan con la misma diversidad. Además de productos derivados como pulpas para jugos y helados, licores, mermeladas y aceites, son promocionados como frutos de una gran incidencia  como antioxidantes y de grandes valores vitamínicos.
Por ejemplo el famoso camu-camu, que se promociona como una fruta que contiene 20 veces más vitamina C que la naranja y se utiliza en cuatro productos principales:  pulpa de frutas, helados, jugos y píldoras de vitamina C.
En nuestra Amazonia además tenemos el guapurucillo, que tiene un parentesco  muy próximo y valores vitamínicos importantes similares. O el asaí, que se comercializa con bastante éxito en EEUU por su composición con altos valores antioxidantes.
Es interesante también observar los cambios  de nombre del mismo fruto, cuando se maneja la información en diferentes países. Por ejemplo en Bolivia tenemos un fruto llamado sinini, que en Brasil se denomina araticum do mato, en Perú guanábana  y en Colombia, guanábana cimarrona. Annona muricata es el nombre científico de esta fruta, cuya pulpa se utiliza en nuestro país para la elaboración de helados y licuados. También se le atribuyen propiedades anticancerígenas.
Achachairú en Bolivia, bacurizinho en Brasil, charichuelo  en Perú. La  Garcinia brasiliensis se utiliza en nuestro país para elaborar jugos.
Palma real en Bolivia, aguaje en Perú, burití en Brasil.  Antiguamente con la  Mauritia flexuosa se elaboraba chicha fermentada y en Bolivia se extrae aceite para diversos usos.
Sucá en Bolivia, taperebá en Brasil, ubos  en Perú; la Spondias mombin se usa en el país para preparar refrescos con su pulpa.
Esta interesante obra de Coimbra nos muestra una gama de frutos que invita a los gastrónomos a interesarse  en su investigación y experimentación, para darles una aplicación práctica en la dieta nacional.
Luis Téllez Herrero, en su obra Lo que se come en Bolivia, publicada en 1946, también nos cuenta sobre la gran variedad de frutos que encontró en su viaje a Santa Cruz, entre los que menciona el turere, sinini, motojobobo,  achachairú, la lúcuma, tarumá, guapomó, paquío, entre cientos más.
La coctelería boliviana y la cocina tienen una gran oportunidad en estos frutos y es el momento de ponerlos en valor.
En Riberalta funciona uno de los pocos emprendimientos industriales que se dedican a la exportación de algunos preelaborados de frutos amazónicos. Fundamentalmente trabajan con el copoazú, en la elaboración de  mermeladas, licores y pulpa de copoazú que exportan a  Brasil, donde le dan un valor agregado y lo reenvasan como producto brasileño.
La empresa se llama Madre Tierra Amazonia,  que trabaja desde el año 2012 en estrecha colaboración con las comunidades que se dedican al cultivo del copoazú. Hacen falta en Bolivia muchos más emprendimientos de esta naturaleza y también motivar a nuestra población para que consuma  estos frutos aplicados en la dieta diaria, sobre todo en el oriente.
Mientras tanto, queda la  invitación abierta a la lectura de obras tan valiosas como la Guía de frutos silvestres comestibles de la Chiquitania y una obra anterior, publicada en  2002, con el título  Frutas silvestres comestibles de Santa Cruz, trabajo de los  investigadores  Germán Coimbra y  Roberto Vásquez, de la editorial Fan Bolivia.

 

El chef estrella abre escuela en Bolivia

25 Ago

 

 

CLAUS MEYER

Claus Meyer, maestro danés de la gastronomía, quiere hacer escuela entre humildes fogones. Con el programa Manq’a («comida», en aymara) formará a miles de jóvenes sin recursos en este país latinoamericano

 

Claus Meyer, con un collar de tubérculos regalado por unos vecinos de El Alto. / ALEX AYALA

 

La última aventura del chef danés Claus Meyer en la búsqueda del gran cocinero de Bolivia no es un reality show seguido por miles de personas cada semana a través de una pantalla plana. Se trata de una puesta en escena sin jurados ni confesionarios de un ambicioso programa de formación culinaria llamado Manq’a («comida» en idioma aymara) que beneficiará en tres años a alrededor de 3.000 muchachos y muchachas que cuentan con pocas oportunidades laborales en la ciudad de El Alto, la más joven de este país en el corazón de Sudamérica, y también una de las más empobrecidas.

Son las dos del mediodía de un lunes y Meyer, de 50 años, camina entre la infraestructura de una casa comunitaria que pronto se convertirá en una de las 14 escuelas gastronómicas que tendrá el proyecto. Su cabello es corto. Sus ojos, pequeños, se achican hasta casi desaparecer cuando sonríe; sus manos son las de un picapedrero y su cuerpo esculpido, como de escultura griega, ha quedado escondido bajo unos raros collares elaborados con distintos tubérculos que acaban de colgarle los vecinos de la zona como agradecimiento.

Meyer, uno de los socios fundadores de Noma, elegido el mejor restaurante del mundo en cuatro ocasiones (2010, 2011, 2012 y 2014), carga con el pesado obsequio sin lamentarse en ningún momento: siempre ha sido un impulsor de los alimentos nativos y de la comida como una de las vías para transformar el mundo. «Me dolió el corazón cuando me comentaron que aquí muchos se alimentan a base de arroz, aceite y azúcar —diría un día después en La Paz, tras la inauguración de un simposio dedicado al fortalecimiento de la agricultura familiar—. Ése no es un mensaje que nos muestre la diversidad boliviana, y me gustaría ser una fuente de inspiración para que esto cambie».

Alumnos de la escuela de cocina Manq’a, durante un descanso. / ALEX AYALA

En su infancia, a Meyer le tocó vivir uno de los periodos menos fructíferos de la cocina escandinava, una época negra en la que buena parte de lo que uno se llevaba a la boca era fruto de una industrialización exagerada, en la que hasta las hortalizas se vendían embolsadas. “Por aquel entonces, mi padre se fue a vivir con otra mujer y se alejó de mí», —recuerda—. «Mi madre trabajaba y nos las arreglábamos con albóndigas enlatadas y verduras congeladas y secas. Ella ni siquiera cocinaba cuando había alguna celebración importante. A los 15, yo pesaba 100 kilos y debía de ser uno de los chicos más gordos de Dinamarca». A los 20, Meyer se encontraba en Francia con una familia que representaba todo lo contrario, que tenía una relación de veneración por la comida y que sólo utilizaba viandas frescas. «Y, a pesar de que no sabía nada sobre los problemas globales, sobre nutrición o sobre lo saludable, empecé a relacionar la comida buena y sana con el amor por la niñez y la mala con los divorcios y con un trato menos amable».

Alumnos de Manq’a, las nuevas escuelas de cocina de Claus Meyer. / ALEX AYALA

A su regreso a Dinamarca, Meyer impulsó la formación de un movimiento que abogaba por el respeto a la naturaleza y el uso de ingredientes regionales. Noma, el restaurante que creció como espuma de cerveza en un lugar que antes albergaba a una vieja bodega, fue su punta de lanza. «No queríamos ni divertir ni entretener a los clientes con platos extraños que fueran una especie de espectáculo, con sabores artificiales que intentaran competir con el mismo Dios. La idea era llegar a la gente con sencillez, golpearla, sacudir su vida, tratar de que se convirtiera en embajadora de nuestra causa».

Hoy, Dinamarca, que cuenta con más de una docena de establecimientos con alguna estrella Michelín, es un referente gastronómico y la nueva dieta nórdica no tiene nada que envidiar a la mediterránea. Pero Meyer, al parecer, no está satisfecho, y por eso ahora, en El Alto, en el patio de una de los centros culinarios que tendrá Manq’a en unas semanas, mira cómo dos yatiris —brujos, consejeros espirituales— que de rato en rato hablan por su celular protagonizan una ofrenda a la Pachamama, a la Madre Tierra.

Los yatiris hacen una ofrenda a la Pachamama en presencia de Meyers. / ALEX AYALA

Un dicho danés señala que «quien tiene hombros más grandes, tiene mayores obligaciones con el resto». En su país, Meyer ha puesto en marcha un engranaje para la rehabilitación de presos a través de las ollas y los fogones. En Bolivia, a través de su fundación —Melting Pot— y con la colaboración de su compatriota Kamilla Seidler y del chef venezolano Michelangelo Cestari, ha impulsado Manq’a, un tour por puestitos callejeros con un toque íntimo y casero y la creación de un laboratorio de alimentos que con el tiempo servirá para investigar productos y desarrollar platillos. Y ha montado un restaurante gourmet llamado Gustu,en el puesto 32 de América Latina de la revista británica Restaurant, que da a los jóvenes la oportunidad de formarse y meterse en una gran cocina y que aspira a ser un buen anzuelo para los foodies, esos locos por la comida capaces de tomar un avión y de atravesar miles de millas para cenar en un local de vanguardia. «Gustu es una propuesta que te conecta con los paisajes y los campesinos. Una expresión del territorio», explica.

Pequeño equipo de cocineros que acaba de graduarse, junto a Claus Meyer. / ALEX AYALA

Al soñador danés le gustaría que, entre los aprendices de sus escuelas, surgiera pronto un líder capaz de aglutinar esfuerzos. Alguien que, comoGastón Acurio en Perú, ponga a todos en el camino para que la gastronomía boliviana se posicione como marca. «A partir de detalles pequeños pueden lograrse transformaciones muy grandes», predica.

 http://elpais.com/autor/alex_ayala_ugarte/a/

 

 

 

El mundo da un paso más hacia el apocalipsis

1 Abr

 

El Reloj del Fin del Mundo está a dos minutos y medio de la catástrofe, según un panel con 15 premios Nobel

Donald Trump, durante su investidura. SAUL LOEB (AP) / EPV

Cada año, un panel de científicos y especialistas nos dice cuánto queda para el fin del mundo. Lo hace de manera simbólica, con un reloj a punto de llegar al abismo, la medianoche: el indicador son los minutos que faltan para ese momento. Y hoy estamos muy cerca, a tan solo dos minutos y medio para el apocalipsis, según este grupo que incluye 15 premios Nobel. Los responsables del grupo lo han adelantado 30 segundos hacia las 0.00 horas. Nunca habíamos estado tan cerca de la destrucción de la humanidad desde 1953, cuando EE UU y la URSS pusieron sobre la Tierra sus primeras bombas termonucleares, con una capacidad destructiva desconocida hasta el momento.

Nunca habíamos estado tan cerca de la destrucción de la humanidad desde 1953, cuando EE UU y la URSS pusieron sobre la Tierra sus primeras bombas termonucleares

En aquel momento, la humanidad estuvo a dos minutos de su fin. La bomba termonuclear de nuestra época no es producto de la Guerra Fría sino de un fenómeno mucho más caliente: la verborrea de Donald Trump y el calentamiento global. «Las palabras importan. No tanto como los hechos, pero importan mucho», aseguró una portavoz del panel antes de anunciar la nueva situación. Las palabras que preocupan se refieren a las sugerencias de Trump de que Japón debería tener armamento atómico para afrontar la amenaza de Corea del Norte (puedes consultar la resolución en inglés en este PDF).

El mundo llevaba dos años parado a tres minutos de la hora fatídica, la misma hora que en 1984 —la segunda peor crisis de la historia de este reloj—, cuando las dos superpotencias rompían relaciones y se alcanzaba un nuevo pico en el arsenal atómico mientras se avecinaba otra escalada de rearme. Curiosamente, en 1987 era Donald Trump el que promovía el desarme de EE UU y la URSS. Hoy, él es el problema que afronta el planeta. En diciembre, como presidente electo, Trump aseguraba que su país debía fortalecer su capacidad nuclear hasta que el mundo recobre el sentido en torno a estas armas.

«Putin y Trump pueden elegir comportarse como hombres de Estado o como niños petulantes», dijo el panel al mencionar los problemas que han resurgido entre las dos grandes potencias nucleares, con una escalada dialéctica y en lugares como Ucrania y Siria. «Esta situación mundial ya amenazadora fue escenario del aumento de un nacionalismo estridente en todo el mundo en 2016, incluso en una campaña presidencial de Estados Unidos durante la cual el vencedor, Donald Trump, hizo comentarios inquietantes sobre el uso y la proliferación de armas nucleares y expresó su incredulidad hacia el consenso científico sobre el cambio climático».

El Reloj del Fin del Mundo (Doomsday Clock, como se denomina originalmente en inglés) se creó en 1947 por la junta del Boletín de Científicos Atómicos, un grupo de especialistas que pretendían concienciar del riesgo del armamento nuclear. En su primera edición, se situó a 7 minutos de la medianoche. En 1995, estábamos a 14 minutos. En 2007 entró por primera vez el cambio climático entre sus preocupaciones para el futuro de la humanidad. En este caso, el calentamiento ha sido otro factor decisivo para el panel: el año pasado fue el más caluroso de los registros históricos, y lo fue por tercer año consecutivo. El grupo de científicos reconoce que la situación política en EE UU y las personas que estarán al mando del Gobierno y, en este campo, el hecho de que la nueva administración de EE UU sea «abiertamente hostil» a tomar medidas contra el cambio climático.

«Las palabras importan. No tanto como los hechos, pero importan mucho», aseguró una portavoz del en referencia a Trump

Además, otra de las preocupaciones que se expresan por parte del Boletín fue la de las amenazas tecnológicas emergentes, en relación con los ciberataques pero también con todos los problemas reconocidos por la inteligencia de EE UU que han surgido durante su campaña electoral con hackeos y desinformación. Y resaltan especialmente la falta de respeto de los líderes mundiales por los hechos, los datos y el conocimiento científico.

Conviene recordar que hace 70 años ni siquiera hacía falta ese reloj. La humanidad no se había dado razones a sí misma para esperar su autodestrucción.

http://elpais.com/tag/fecha/20170126

La danesa de los Andes

7 Mar

 

La danesa Kamilla Seidler sorprende con Gustu, un restaurante ubicado en La Paz (Bolivia)
Para la discípula de Aduriz la única premisa es comprender y reivindicar la esencia del lugar
Y un objetivo: llevar a los jóvenes de la calle a la cocina a través de su escuela
La chef danesa Kamilla Seidler. / Ana Nance

Existen unas larvas en la selva boliviana que muchos consideran un manjar. Cuando una palmera cae, empieza el festín de los tuyu-tuyu, que se alimentan de los cocoteros. Justo ese es el momento perfecto para cazarlos. “Te adentras en la selva, escuchas atentamente y si percibes movimiento dentro del árbol caído, lo abres con un machete y, con cuidado, recolectas los gusanos del coleóptero”, cuenta la chef danesa Kamilla Seidler, formada en Mugaritz, durante nuestro encuentro en Madrid, donde participaba como cocinera invitada en la última edición del encuentro de alta cocina Madrid Fusión. Hace algo más de un año, Seidler llegó a Bolivia con un encargo: montar un espacio gastronómico genuino. Para ello contaba con la ayuda de su segundo en los fogones, Michelangelo Cestari (30 años), y el apoyo y la financiación de Claus Meyer, uno de sus jefes en el restaurante Noma, considerado durante varios años el mejor del mundo. “La única premisa que teníamos era la de entender el lugar al que íbamos; comprender la tierra”, dice Cestari. Lo aplican a rajatabla: “Los europeos no disfrutan con las larvas, pero aquí forman parte de la costumbre y teníamos que probar con ellas”. Ya hay gente que dice que el nuevo mejor restaurante del mundo está a casi 4.000 metros de altura.

Todos los ingredientes que utilizan en Gustu provienen de Bolivia: llama, larvas, patatas, yuca o ajís aparecen en sus platos. Intentan que sus vinos también sean de la región. / Ana Nance

Al soroche nunca te acostumbras. “Cuando aterrizas, es inevitable pasarte unos días con vahídos”, cuentan los cocineros. Los mareos son únicamente una parte de su aventura andina, porque en este restaurante no solo se come. “Sin sonar pretenciosos, queríamos hacer algo más significativo”, comenta Seidler, nacida hace 30 años en Dinamarca. “Trabajar con chicos que no tenían la oportunidad de dedicarse a la alta cocina”, añade con un castellano plagado dematices andinos. Así, el barrio de Calacoto, en la zona sur de la capital oficiosa de Bolivia (Sucre es la oficial), se convirtió en su centro de operaciones; algunos de los hijos de sus vecinos, en sus pinches. “El concepto inicial de la parte de la escuela nos pareció complejo; concretamente, la idea de llevar a jóvenes de la calle a la cocina”, reconoce Cestari. Su aula gastronómica está formada por 26 chicos y chicas. Uno de ellos, el repostero, era un joven de trato difícil educado en un orfanato. “Ahora trabaja el pan de manera impresionante y es un referente de ese capital humano que nos ha impulsado tanto. Nunca pensamos que podríamos avanzar tan rápido”, dice la chef. Dos muchachas menudas y morenas son las jefas de cocina de Gustu. En una especie de alegato contra el machismo endémico del país, ellas dirigen la cuadrilla. “Cuando miran a Kamilla, les brillan los ojos”, apunta Cestari. Han tomado su figura como un símbolo muy fuerte, un referente femenino. “Soy estricta y terca en la cocina”, cuenta ella. “Me gusta mostrar que como mujer está bien responder y está bien tener la razón. Así, ellas van levantando un poco más la cabeza”. Igual que manda, cada noche Seidler limpia sus ollas de arriba abajo. Eso tampoco cuadraba en el imaginario local. “Al principio nos veían como jefes absolutos. En una sociedad clasista no entendían que Kamilla limpiase ella misma. Al verla dándole al estropajo, se quedaron muy impactados”, recuerda Cestari los primeros días del restaurante, que se inauguró el 4 de abril de 2013. Aunque costó hacer comprender sus inquietudes, al final el concepto cuajó. “No nos interesaba establecer una jerarquía piramidal como tal. Preferimos el equipo: pedimos el máximo y trabajamos juntos para llegar a ese nivel”, añade.

A casi 4.000 metros de altitud, el local seduce a propios y extraños. Los foodies más exquisitos del mundo vuelan a La Paz para conocer el nuevo restaurante. Los vecinos del barrio de Calacoto también cruzan sus puertas. / Ana Nance

“Como sudamericano [Cestari nació en Venezuela, aunque su familia es de origen italiano], no me había planteado volver a Latinoamérica. Me daba vértigo”, dice sin pudor. El reto de posicionar Bolivia como un destino gastronómico de primer nivel pudo con ese resquemor. Kamilla ayudó. Cestari y Seidler se conocieron en 2005 con Andoni Luis Aduriz. Ambos pertenecen a la escuela de Mugaritz, el local del inquieto y profundo chef vasco. Viven la gastronomía a flor de piel. En el caso de Cestari, literalmente: su torso y espalda están repletos de tatuajes que hacen alusión a las verduras, las partes del cerdo y dos recetas. “Esta es de Kamilla: macarrones de chocolate”, indica señalándose las costillas. “El restaurante es la punta del iceberg de una serie de proyectos que intentan generar todo un modelo comprometido con la sociedad”, resumen. Lo denominan Melting Pot Bolivia: un movimiento culinario basado en la tradición y los ingredientes propios mezclado con el savoir-fairenórdico. Claus Meyer también es clave en esta cocina. Además de su fama como cocinero y empresario, este proyecto es una apuesta personal en la que ha invertido cerca de un millón de euros. Junto a Seidler y Cestari, envió a Bolivia a un barista especializado en café, un agrónomo y un sumiller. “Cuando un grupo de desconocidos plantea algo diferente, el boliviano considera que te vas a aprovechar, ganar tu platita y largarte”, explica Cestari. Ni siquiera cuando comenzaron a reivindicar la tradición, a apoyar a los trabajadores locales y a cocinar con producto 100% boliviano, como la carne de llama o las larvas de coleópteros, confiaron del todo. “Hemos necesitado tiempo para que la gente del barrio entrase al restaurante”. No tiene nada que ver con el precio: además del menú degustación (en torno a 100 euros), hay platos económicos (por unos ocho euros se puede comer). Al final lo han conseguido: empieza a haber más bolivianos.

La gente. Así se autodenomina el equipo. Junto a Seidler y Cestari (de perfil en la imagen), Joan Carbó, Jonas Andersen y Elizabeth Abel son los enviados de Claus Meyer. El resto de personal son los alumnos de la escuela gastronómica. /Ana Nance

Una tarde, a la hora de comer, un gringo entró en el salón del restaurante. Se sentó y sacó un papel arrugado de su chaqueta. “He venido a comer en el que dicen que será el mejor restaurante del mundo. Demostrádmelo”, vociferó en inglés mientras mostraba un artículo recortado de la reconocida revista Food and Wine. “Nos ha sorprendido mucho la acogida. Algunas personas se acercan a saludarnos, y otros, los más fanáticos de la gastronomía, vienen, almuerzan, cenan, almuerzan, cenan y se van. Y así se pasan dos días seguidos en La Paz. Eso lo puedes esperar después de llevar abierto 10 años; ¡nosotros no llevamos ni uno!”, se sorprende Seidler abriendo mucho sus ojos verdosos. Miles de papas diferentes, ajís, chancaca o cui son algunos de los ingredientes de la despensa boliviana. “La oportunidad de la cocina de Gustu nos la ha dado la cercanía. Nos hemos tenido que sentar con la gente, conocer su historia y recomenzar de nuevo con nuestra técnica”, resume Seidler, que reconoce estar entusiasmada con ese reto. ¿Y los gusanos? “No es por parecer excéntricos, pero si algo se come, se come. En Bolivia los fríen. Parecen una crema de mantequilla con un toque de coco. Queremos usarlos para un postre. Seguimos probando”, dice. Tratan de no darle excesiva importancia al hecho de estar en los fogones de un local que puede convertirse en una referencia culinaria. Ya pasaron por Noma. “Creemos que podemos cambiar el mundo a través de la comida”.