
El autor es amante del ciclismo. Foto: Fernando Cartagena
La Razón
00:00 / 14 de septiembre de 2013
Ramón Rocha Monroy llegó al mundo un 20 de febrero de 1950. Es abogado y realizó una maestría en Ciencias Políticas, sin dejar el gusto por la escritura que le dio reconocimiento en el ámbito nacional. Sus crónicas de Cochabamba y su columna en un diario local en el que escribe bajo el seudónimo de Ojo de Vidrio le dieron renombre, pero no más que su singular gusto por la culinaria que le otorgó el nombre de “cronista gastronómico”.
“Probablemente sea el único en el país y esto significa no precisamente difundir recetas, sino la sensación que te llena de saliva la boca cuando te antojas algo delicioso y en Cochabamba, cultivamos la cocina tradicional”, manifiesta Ramón.
Amante de la buena comida, confiesa que no sabe “ni freír un huevo; escribo, monto bicicleta y eso es lo único que monto últimamente”. Risueño, recuerda que dejó la militancia de la “buena vida” para atrincherarse entre las letras. “A medida que pasan los años me concentro sólo en la literatura, probablemente en calidad no, pero en cantidad no hay nadie que escriba más que yo: tengo 33 libros publicados. Creo que no es ni un vicio ni una virtud, sino una hipoteca difícil de llevar. Me pregunto que si me prohibieran escribir no tardaría ni 24 horas en pegarme un tiro”.
La actividad que le permite conocer la ciudad, mirar de cerca y obtener material para escribir es el ciclismo, no profesional. Se describe como una persona sencilla que prefiere “tener más amigos populares que poderosos”. Como Cronista de la Ciudad, nombramiento ganado en 2010, Ramón ofrece a los restaurantes escribir la portada del menú. Y ahora está atento al proceso político en el país y trabaja en una novela que describirá lo ocurrido en el Chapare durante la época dura de la erradicación de cocales.


















Quiero darte las gracias de nuevo por haber pensado en mi para este premio. Los invito a visitar el blog de Marina, que estoy segura les gustara y sera de mucha utilidad para conservarse saludables.
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Los plantas maestras son inapropiadamente conocidas dentro del ámbito común como plantas alucinógenas (que generan alucinaciones), o psicotomiméticas (que imita un estado sicótico), términos que hacen una descripción poco precisa de dichas plantas, ya que los usos tradicionales empleados durante miles de años no están destinados a inducir alucinaciones o imitar estados sicóticos, sino que forman parte de cosmovisiones plenamente establecidas, que en muchos casos a pesar de todos los cambios dramáticos ocurridos en el mundo, aún subsisten. También las han llamado psicodélicas (que manifiestan la mente), palabra que tampoco es muy adecuada, ya que ésta está muy ligada al movimiento contracultural de los anos 60, el cual por cierto sufrió una enorme campaña de desprestigio que originó su caída y dio paso a una serie de prohibiciones que a lo largo de estos últimos años, sólo han favorecido a los intereses políticos y económicos de unos cuantos. También se les dice Enteógenos que significa «lo que nos acerca a nuestro dios interior» o que «muestra nuestro dios interior»
Los mayas usaron los hongos psilocibes, el peyote y el olioluqui; los Incas la ayahuasca; los egipcios, el loto azul y la mandrágora; los griegos, el cornezuelo del centeno; los hindúes,el cannabis y la datuta; y así podríamos relacionar a cada cultura con una planta enteógena.