Leny Chuquimia / La Paz
Después de la noche de San Juan, cientos de personas llegan hasta la populosa zona de San Pedro para saber lo que les depara el futuro. Frente una hilera de puestos llenos de bandejas con huevos y botellas de cerveza, forman largas filas, desde donde curiosean en la suerte de los otros. «Su nombre y fecha” es la frase que les índica que ya es su turno.
«Desde la mañana de San Juan se lee la suerte hasta el día de San Pedro y San Pablo, que es el 29 de junio. Pero nosotros nos quedaremos hasta el 30”, explica don Jorge Ramos, hermano del «maestro” Lucio Ramos.
Él también lee la suerte pero ahora hace de asistente. Prepara las copas que llenará con cerveza y derrite el plomo, cuyas formas revelarán los secretos.
«Escoge un huevo, haz un huequito en la parte de arriba”, explica don Jorge al hijo de doña Aurelia Santos, quien se hará leer la suerte por primera vez. «Luego echas la clara en la cerveza”, instruye el asistente.
«Que salga todo y tapas la copa con tu mano”, aconseja Aurelia al joven que consulta al «maestro” Lucio. Dentro de la copa transparente, el huevo y la cerveza forman nubes blanquecinas que se levantan como un castillo con esferas en las torres; mientras la mano que lo cubre es salpicada con un chorro de alcohol.
«Esas son las bolsas del dinero. es suerte y abundancia”, explica el «visionero”, mientras todos los de la fila tratan de escuchar el futuro del muchacho. Los que esperan, aseguran que la copa de Santos es buena porque tiene formas blancas. «Cuando el futuro es malo, se vuelve oscuro como humo y hasta cruces se ven cuando habrá luto”, comentan.
«Harta gente viene. En la mañana es cuando más hay. Hasta ahora (cerca a las 12:00) por lo menos hemos debido leer a unas 100 personas. Es que el lugar es ya tradicional, además somos conocidos y acreditados, así que está garantizado que todos sabemos leer bien”, dice Ramos.
Cerca a su puesto, sobre la calle General Gonzales -entre Aspiazu y Almirante Grau- está el puesto de don Max. La fila de sus clientes abarca la acera.
«Tiene harta gente. Bien lee”, señala Elena Choque con una sonrisa avergonzada que deja ver unos dientes blancos salpicados de chispas doradas.
«Bien sabe. Cada año vengo y siempre se ha cumplido lo que me ha dicho y me ha aconsejado. Ahora quiero que vea cómo va estar el negocio y cómo me va ir en mi casa. Lo importante es venir siempre con fe”, dice doña Elena contando las personas que están antes de ella en la fila.
Don Max trabaja sin pausa. Parece no percatarse de la presencia de nadie más que el cliente de turno que se acomoda en un pequeño banco de madera frente a él. «Tu mano”, es lo primero que pide. Con un bolígrafo señala ciertos lugares de la palma y da una descripción de la personalidad, de los años que la vida le depara a uno y los problemas que atravesará a lo largo de ellos.
Una de sus clientes más jóvenes es Ana García, que ha esperado ya dos horas para poder hablar con el «maestro”. «Hemos hecho harta fila. Tiene buena fama de leer en plomo por eso vale la pena”, asegura Ana antes de acomodarse y mostrar la palma de sus sus manos a don Max.
«Tu nombre y fecha” es la siguiente instrucción. El vidente lanza un chorro de alcohol al suelo para ver la suerte. Inmediatamente da otro chorro en las manos de su cliente y le pide que eche una cuchara de un líquido plateado espeso en un balde.
Al caer en el agua, el plomo produce un siseo fuerte y emana algo de vapor. Del fondo del recipiente don Max saca una forma extraña y pesada que observa de todo ángulo para empezar a descifrar el futuro.